20 abril 2016

Pequeño manifiesto por un gran país

En este tiempo de incertidumbre, por encima del ruido ensordecedor que pretende confundirnos, nosotros tenemos un plan. Con las palabras con las que nuestras madres nos enseñaron a nombrar el mundo, las palabras de encontrarnos, las palabras que guardan el calor de la esperanza, con esas mismas palabras, nos comprometemos a trabajar cada día por ti, Aragón, en los talleres, en las aulas, en las fábricas, en los campos, en los despachos, en los hospitales, en las oficinas, en los laboratorios, en las ciudades y en los pueblos, en las montañas, en los valles, en la tierra baja, en los somontanos y en las estepas.
Tenemos una historia compartida de dignidad y de lucha por las libertades. Tenemos el inmenso patrimonio que nos han legado los aragoneses que nos han precedido y, sobre todo, tenemos el futuro para hacer realidad, con determinación, nuestros sueños.
Aragón es un país milenario construido por las personas que nacieron aquí y las que vinieron de lejos y decidieron quedarse. Se ha mezclado tantas veces nuestra sangre con la tierra que hemos hecho de ti, Aragón, nuestra patria, la tierra que nos ampara, nuestra casa, una casa con las puertas abiertas para todas las personas que quieran sumar sus afanes a los nuestros.
Queremos un Aragón solidario en el que entre todos sostengamos una sociedad más justa. Un Aragón que ofrezca oportunidades a la gente joven para formarse, para desarrollar sus iniciativas, para dar cauce a su talento, a su impulso creador. Queremos un Aragón cada día más libre y más culto.
Velaremos por ti, Aragón, en esta larga noche en la que algunos nos han sumido con sus corruptelas, su falta de decencia y su desprecio por lo público, por lo que con tanto esfuerzo convertimos en patrimonio de todos.
Este es nuestro compromiso contigo, Aragón. Trabajaremos por ti, hombro con hombro, de estrellas a estrellas, convencidos de que juntos somos más que la suma de uno por uno.
Por Aragón. Todo por Aragón.

01 abril 2016

El necesario pacto por la educación aragonesa

El pacto por la educación será, en realidad, un refugio en el que los niños y los jóvenes aragoneses podrán cobijarse, un sitio en el que soñar su futuro, un lugar para crecer, un espacio desde el que mirarán demoradamente la realidad para entenderla y mejorarla. Cuando dispongamos de este espacio levantado con la participación de todos, alumnos, padres y profesores, y la sociedad en su conjunto, sabremos en qué dirección hemos de dirigir nuestro esfuerzo. Mientras escribía este texto, pensaba que una poderosa imagen del pacto por la educación son los muros y los edificios construidos con la técnica de la piedra seca. Al principio, al contemplar el montón de losas y de guijarros, todos de formas irregulares y de distintos tamaños, cualquiera creería que levantar un muro, una pared o un lugar para guarecerse es una tarea imposible y, sin embargo, se puede. Ahí están las viejas edificaciones del Maestrazgo turolense en Cantavieja y en La Iglesuela del Cid o las de Montalbán, las de la Jacetania o las del Somontano del Moncayo. Algunas siguen en pie desde la prehistoria después de haber soportado todo tipo de inclemencias. Y las levantaron muchas manos, con humildad, paciencia y determinación. Cuando las miramos nos dicen que, a veces, basta querer, pero la lección que nos brindan, la que más nos interesa tener presente ahora, es que es tan importante contar con los grandes bloques de piedra como con los humildes guijarros, esenciales para la estabilidad y la firmeza de la construcción. El pacto por la educación aragonesa será realidad si somos capaces de sumar y de aunar voluntades. Para lograr este propósito hemos de contar con lo que propone la mayoría, pero también, y especialmente, con las opiniones y las sensibilidades minoritarias. En el pacto por la educación aragonesa, como ocurre con cada uno de los componentes de un muro de piedra seca, todos somos necesarios e imprescindibles. Y nadie es, por sí solo, suficiente.
Queremos un pacto educativo porque entendemos que la educación es un asunto de todos, que exige participación, diálogo y debate. Nos hemos de exigir generosidad y amplitud de miras. Hay que pensar en el bien común, huyendo de las urgencias a corto plazo que tantas veces han frustrado valiosos proyectos. No puede olvidarse que más allá del nivel de conocimientos en matemáticas, inglés, latín o literatura que alcanzan los estudiantes, la educación de un país solo puede valorarse en el tiempo largo porque es entonces cuando se manifiesta el civismo, el grado de cultura y de justicia de una sociedad, la tolerancia y el respeto hacia las ideas de quienes no piensan como nosotros. Y madurar en esa dirección exige tiempo y constancia, como ha de ser constante la lluvia que fecunda la tierra. Necesitamos consolidar planes, proyectos y programas. El sistema educativo no puede cambiar de orientación cada vez que cambia la mayoría política en los parlamentos. Pacto es sinónimo de estabilidad y de una necesaria previsibilidad. En educación, el cambio permanente genera confusión y desconfianza.

Un pacto por la educación ha de basarse en acuerdos previos. Compartimos muchos principios, más de los que a veces nos parece. El Consejo Escolar de Aragón, la institución en la que todos estamos representados y que resume la dimensión moral que la educación tiene, trabaja desde hace meses, sin desmayo, para alcanzar ese gran acuerdo. Aragón es tierra de compromisos. Considerando nuestra historia, el pacto por la educación es factible. En Aragón hacemos realidad cotidianamente aquello que al principio se antoja imposible.
Víctor Juan
(Publicado en Heraldo de Aragón el 31 de marzo de 2016)

26 marzo 2016

victorjuan en cifras (estos datos se actualizan al capricho Víctor Juan)

Un gran amor.
Dos hijos.
Un abuelo que se llamaba Valentín y me decía que estudiara, que para mí había de ser. También me decía: «Hay que joderse, maño, aquí, si te descuidas, te quitarían hasta la manera de andar».
Un equipo y una copa de ferias, una recopa de Europa y seis copas del rey.
Un gol de Nayim.
Cincuenta y dos años.
Treinta años dictando dictados.
Diez años dirigiendo el Museo Pedagógico de Aragón.
Diez años coordinando Rolde. Revista de Cultura Aragonesa.
Veintiuno años sin fumar.
Un tiroides menos.
Una paratiroides perdida en el camino.
Una pastilla diaria.
Cuatro novelas y algunos libros.
Un millón de kilómetros sentado al volante de cajas de sardinas.
Cuatrocientos noventa errores o, lo que es lo mismo, setenta veces siete. Esas son las infinitas veces que me he equivocado.

Tres mil trescientos treinta y cinco seguidores en Twitter.

26 julio 2015

La educación que recibí

En mi casa se hablaba poco  o nada de Habermas, Wittgenstein, Kandinsky, Stefan Zweig o Gaspar Torrente. Sin embargo, tengo la certeza de haber recibido una esmerada educación. Soy lo que soy por la maravillosa herencia que me legaron mis padres.

Hoy he redactado este decálogo en el que recojo diez principios pedagógicos en los que fui educado.

1.- Cada vez que me veía, mi abuela me decía: «Ya está aquí el más guapo del mundo».

2.- Desde que en Caspe empecé a ir a la escuela de doña Julia en la calle de La Balsa mi abuelo me repetía: «estudia todo lo que yo no pude estudiar. Estudia, que para ti ha de ser». Yo no había cumplido dos años, pero aún me parece escuchar su voz rota por los años de consumo continuado de Celtas cortos.

3.- Mis padres me regalaron las palabras de nombrar y entender el mundo, las palabras que me han traído hasta aquí.

4.- Mis padres me acompañaron y estuvieron siempre pendientes de mí. Me quisieron por todo y totalmente. Sin reservas.

5.-En un entorno difícil, en un país miserable, mis padres supieron hacer un mundo acogedor, amable, amoroso y propicio para mí.

6.- Una regla de conducta: no te des a entender. Que no tengan que llamarte la atención.

7.- Entonces yo no sabía la transcendencia de este pensamiento, pero mi abuelo Valentín me decía: «Aquí, si te descuidas, maño, te quitarían la manera de andar».

8.- No, no eran aragonesistas. Pero bastó que amaran tanto lo que tenían más cerca: la gente, la tierra, el paisaje, las palabras… para que yo amara Aragón tan radicalmente como ahora lo amo. Quizá todo estaba ya resumido en los últimos versos del Himno a Caspe:
«Caspe, Caspe, la del Compromiso,
Caspe, Caspe, del Bajo Aragón,
Caspe, Caspe, la de los olivos
Caspe, Caspe, donde nací yo».

9.- Mis padres eran piadosos, al estilo de Piedad de Miguel Mena, y quisieron que yo también lo fuera. Tenían la capacidad de conmoverse con lo que les pasaba a otros. Podían compartir el dolor o la felicidad de las personas que querían.


10.- Tenían el don de la alegría de estar juntos. Éramos muy felices en las fiestas y las celebraciones compartiendo la palabra. No teníamos nada y lo teníamos –sin saberlo– todo.

21 julio 2015

Un cobarde que apenas teme ya nada

Para entender lo que escribo –si es que se puede entender algo alguna vez– hay que considerar que yo soy un cobarde. Soy un cobarde, en general, para las cosas del mundo, y un cobarde para todo lo que tiene que ver con los procedimientos médicos. Durante los primeros cincuenta años de mi vida no me hicieron ni un análisis de sangre, pero en los últimos cuatro meses he estado muy entretenido con un gran nódulo tiroideo del que no sé ni cuándo comenzó a crecer ni desde cuándo vivía en mi cuello. Me han hecho cuatro o cinco pruebas, he acudido a consultas de varios especialistas y, finalmente, el viernes 3 de julio, a las 14h., ingresé en una conocida clínica zaragozana –como dirían las crónicas de sociedad– para que me practicaran una hemitiroidectomía o, lo que es lo mismo, para que me quitaran medio tiroides, justo el lóbulo que servía de sustento al intruso.
Desde que en abril decidí ir al médico hasta ahora mismo he procurado que mi enfermedad no les doliera antes de tiempo a las personas que quiero, evitando que sus preocupaciones se sumaran a las mías. Hasta que no supe qué día me operarían no les dije nada a mis hijos. Se hubieran entristecido tanto y hubiera servido de tan poco su tristeza, que he preferido no decirles nada.
Se han cumplido cien horas de la intervención. Es poco rato. Quizá alguien me quería por mi nódulo. Pues en ese caso he de decirles que lo nuestro se acabó. No tengo nódulo ni tengo medio tiroides, pero tengo la certeza de que voy a ser muy feliz con mi glándula incompleta. Estaba escrito que mi primera enfermedad tenía que ser una enfermedad aragonesa: un bocio, como el que padeció mi abuela.
Sabía que esa tarde de julio en la conocida clínica zaragozana me enfrentaría a la madre de todas las siestas. La anestesia te duerme, pero sus efectos son más inquietantes. Con la anestesia paralizan todos tus sistemas, reduciendo su actividad y, sobre todo, con la anestesia el enfermo no tiene recuerdos de lo que le ha pasado.
Mientras llegaba la hora, mi hija me hizo una fotografía, ya vestido con el camisón de la clínica y con unas zapatillas de don Pantunflo. Era la primera vez que me ponía un camisón. Desde el principio eché en falta una abertura en la parte delantera, un poco más abajo del ombligo, para ir al baño. En esa foto aún sonrío. Alguien pagaría, seguro, un puñado de euros por ella.
Con un poco de retraso sobre el horario previsto, entró en mi habitación –la 216, convertida desde que puse mis pies en ella en la Room Force One– el celador del quirófano. Iba a ser mi taxista particular. Siguiendo sus indicaciones, me tumbé en la cama con la misma falta de convicción de los jugadores de fútbol falsamente lesionados, a los que el árbitro les exige salir del campo tumbados o sentados en la camilla mientras hacen momos a la grada y escupen (los jugadores de fútbol tienen el gen de escupir permanentemente). El celador de pocas palabras me bajó al sótano. Todas las luces del techo de todos los hospitales deben ser las mismas luces, las luces de los techos de los pasillos de los hospitales de las películas. Mientras alguien podía vernos, mi conductor se mostraba cuidadoso y apenas rozábamos las esquinas y los marcos de las puertas. Cuando desaparecimos por el sótano, se relajó al volante y la cama se golpeaba con cada obstáculo por pequeño que fuera. Es el efecto tour de Francia –me dije–. Todo es de otra manera cuando nos ven o cuando sabemos que podrían vernos.
A esas alturas del drama, solo pensaba en Virginia, en Blanca y en Guillermo. Quería que sus sonrisas fueran mi última imagen antes de que los fármacos vararan mi cerebro en un puerto desconocido. Me inquietaba perder alguno de mis recuerdos, despertar y ser ligeramente otro. Me preocupaba despertarme siendo menos zaragocista o siendo un poco del Madrid. No quería olvidar la felicidad de los días de luz y palabras ni los caminos de ida y vuelta que juntos hemos trazado durante estos años. No quería olvidar ninguna de las frágiles convicciones que dan algo de sentido a mi vida. Con estas ideas revoloteando en mi cabeza, me dormí. Desperté sobresaltado. Creía que me ahogaba. Intenté incorporarme y defenderme a manotazos de no sabía quién. Me pasaron de la mesa de operaciones a mi cama. Enseguida me acercaron a una puerta. Virginia y Blanca me esperaban. Me besaron apresuradamente. No tuvimos tiempo para más, pero en ese instante supe que era quien soy, quien siempre había sido, que nada había cambiado. Pregunté la hora. «Las seis y cuarto», me dijo alguien. No distinguí quién era porque en el quirófano todo el mundo va vestido para un atraco. El anestesista me adelantó que iba a estar un buen rato allí, con las manos y los pies congelados y el corazón caliente, mientras me despertaba.
He pasado las cien primeras horas viéndolas venir. No he hecho nada, salvo dejar que pase el tiempo. Cada rato he estado mejor que el rato anterior. No tengo dolor. Hablo bien. Camino mirando al suelo, como el penitente que arrastra sus culpas, intentando proteger la herida de mi cuello.
Estos días mi estado de ánimo se refleja en la cocina. Al principio solo di algunas indicaciones, amables, mientras Blanca y Virginia preparaban la comida. Luego empecé a protestar si no utilizaban la sartén precisa. El lunes preparé la salsa de la pasta y el gazpacho de la cena. El martes hice ensaladilla rusa a la victorjuan y, por la noche, preparé revuelto de champiñones y gulas. Y me bebí una ámbar. Todo está bien.

Durante los últimos meses he descubierto que soy un cobarde que apenas teme ya nada.

***Coda: 
esta historia tiene su día de la marmota. El 15 de julio volvieron a operarme para quitarme el resto del tiroides. Soy ahora, como dice Melero, un auténtico aragónes.