16 junio 2012

Presentación de «Te veo triste» de Fernando Sanmartín


Borja, 15 de junio de 2012

A veces leemos libros, admiramos a sus autores, nos preguntamos de dónde nace el talento que les impulsa a contar las historias que nos emocionan y nos permiten entender qué queremos querer, cómo nos enamoramos, de qué se alimenta nuestra tristeza o las razones que tenemos para vivir y morir. A veces leemos las palabras que han reunido algunos escritores para contar sus cuentos, y no podemos evitar preguntarnos qué pacto han hecho con los dioses para que estos les permitan explicar qué somos, qué sentimos o qué deseamos ser. Yo leía a un tal Fernando Sanmartín. Solo le conocía por las fotografías de las solapas de sus libros. Me gustaba mucho como escribía. No le admiraba porque en esto hace tiempo que soy como Luis Buñuel quien confesaba en sus memorias que no admiraba a Jorge Luis Borges. Además, -añadía el genio de Calanda- yo no respeto a nadie porque sea buen escritor. Hacen falta otras cualidades»[1]. Hoy puedo asegurar que admiro y respeto a este buen escritor que se llama Fernando Sanmartín.
Fernando y yo tenemos amigos comunes y gracias a la amistad, que como dice Luis Alegre siempre es maravillosamente promiscua, conocí a Fernando Sanmartín y tengo, desde entonces, más de mil razones para admirarle. Hace unos años compartimos uno de esos proyectos hermosos con los que la vida, quizá sin merecerlo, nos obsequia. Un grupo de amigos recuperamos la melodía que sonaba en la caja de música de Ramón Acín. Luego un carpintero nos hizo una caja con madera de roble y ahora suena en nuestras casas La última rosa del verano, la melodía que tantas veces se escuchaba en la casa de Ramón Acín en Huesca. Les envié a mis amigos centenares de correos electrónicos dándoles cuenta de cómo avanzaba la construcción de nuestra caja: el diseño del arquitecto Basilio Tobías, la fabricación del mecanismo musical en Francia y Suiza. En uno de aquellos mensajes les conté que ya habíamos elegido el aceite que protegería la madera y Fernando me contesto: «Ya lo veo: acariciaremos nuestra caja como se acaricia a una mujer desnuda». Así es el autor que ha escrito Te veo triste.
Para contarles quién es Fernando Sanmartín voy a relacionarlo con dos personas distintas. Miraré primero el ejemplo de un deportista y después tomaré el caso del protagonista de una de las películas más hermosas de la historia del cine.
Fernando Sanmartín es nuestro Sebastian Coe, el plusmarquista del 1500. El rey de las distancias más comprometidas. Fernando ha escrito libros breves, quintaesenciados, tan bellos como intensos: Los ojos del domador, Apuntes de París, Heridas causadas por tres rinocerontes, Hacia la tormenta, El llanto de los boxeadores, Viajes y novelerías o La infancia y sus cómplices. Es, además, director de la colección de poesía «La gruta de las palabras» de las prensas de la Universidad de Zaragoza. Conserva siempre la elegancia. Tiene el porte de un medio fondista, alguien que demuestra que no basta con ser un tipo explosivo en los cien primeros metros. La media distancia exige velocidad y resistencia. Y Fernando Sanmartín, lord Sanmartín deberíamos llamarle, es un escritor capaz de descubrir el poema que se esconde en cada rincón de la vida. Es un coleccionista de delicadezas que pretende permanentemente la belleza. Miguel Mena señaló en la entrevista para la Cadena SER con motivo de la presentación de Te veo triste en Zaragoza que Fernando habla como escribe, pero hay algo mucho más importante y es que sabe escuchar. Es el más atento escuchador que conozco.
Si Fernando Sanmartín fuera un personaje de una película sería Atticus Finch, el abogado que asume como un compromiso moral la defensa de un hombre negro a quien todos creen culpable en Matar un ruiseñor. Atticus representa la rectitud, el valor de las convicciones que defendera desde la firmeza de los débiles, lejos de la prepotencia, la imposición por la fuerza, el insulto o la descalificación. Tengo la certeza de que una vez que Atticus Sanmartín ha tomado partido, defenderá aquello que le parezca justo sin pensar permanentemente en las consecuencias que esto pudiera tener para él o para sus intereses. Fernando estará siempre al lado de sus amigos –al lado de quienes no lo son– si se trata de defender una causa justa. Bajo una apariencia de fragilidad, de hombre de modos suaves se esconde una firmeza inquebrantable. Para Fernando no hay sueños imposibles. Lo importante es soñar, aunque quizá necesitemos cien años para hacerlos realidad.
Fernando es poeta y zaragocista. Su zaragocismo también se nutre de la poesía, de su visión poética de la realidad. Cuando en mayo de 2008 el Zaragoza bajó a segunda división, Fernando llamó a Pepe Melero para anunciarle que su hijo Jorge y él se harían socios del Zaragoza. Y ahí siguen, sufriendo cada domingo.
Fernando tiene un compromiso permanente con las palabras. Les decía antes que un artesano había construido para nosotros una caja de música. Pues bien, yo imagino a Fernando Sanmartín escribiendo despacio, acuchillando las palabras como nuestro carpintero acuchillaba la madera de roble de la caja de música, sin ninguna prisa, humildemente, hasta que las palabras ya no le piden nada más.
 
Te veo triste
Vayamos ahora con la novela. En Te veo triste encontramos varias historias en una. Marta Sampiero vuelve a Zaragoza porque su padre, el escritor Luis Sampiero, ha muerto. Junto a todas las incertidumbres que genera la desaparición de una persona que queremos (dudas sobre cómo será nuestra vida en su ausencia, sobre si seremos capaces de seguir viviendo), Marta se encuentra con una inquietante nota: «Dile a Carmen Cabrera que he muerto».
A partir de ese instante, Marta inicia un proceso de búsqueda. Busca, desde luego, pistas sobre esa misteriosa mujer llamada Carmen Cabrera, seguirá su rastro por varias ciudades europeas, pero también busca al hombre que fue su padre, a la persona que creía conocer desde siempre y que, sin embargo, guardaba grandes secretos. Lo que queda claro es que hay abismos de nuestras vidas que nos pertenecen únicamente a cada uno. Marta, se busca a sí misma, a la niña que fue en la ciudad que un día transitó. La presencia de Zaragoza en la novela es constante. En Te veo triste puede leerse el nombre de lugares que todos nosotros, como la propia Marta Sampiero hemos frecuentado: Los espumosos, el rincón de Goya, el Canal Imperial, el Teatro Principal…
La novela de Fernando Sanmartín es una celebración de la amistad, un homenaje a algunos de sus amigos. Por eso Marta conversa o recuerda a escritores como Daniel Gascón, Antón Castro, Adolfo Ayuso, José Luis Melero o Ignacio Martínez de Pisón.
Te veo triste es un poema de miles de versos porque la literatura de Fernando Sanmartín es la imagen permanente. Mientras leía la novela quise anotar las frases redondas, frases que a cualquiera de nosotros le costaría una era parir y que a Fernando le salen en cuanto habla o en cuanto toma el lápiz para escribir, y desistí. Cuando había emborronado cinco folios lo dejé estar. Era estúpido copiar como un amanuense la novela entera. Me he permitido traer algunos ejemplos:
«La soledad puede ser un caníbal con hambre»
«Los secretos son canciones que uno tararea sin decir la letra»
«Hablaron como dos náufragos en islas diferentes»
«El paso del tiempo es un mendigo cuyo nombre no conoceremos»
«La melancolía nos acerca a la muerte, nos hipnotiza como el fuego»
«El miedo es un farol que alguien apaga en medio del bosque»
Podría seguir así hasta mañana, pero ustedes tendrán cosas que hacer, entre otras leer esta maravillosa novela que les conmoverá, que les hará entender que la vida eterna es siempre demasiado corta y que no podemos aplazar para mañana la felicidad que nos merecemos hoy mismo. «Te veo triste. Sal de ahí» es lo que le dijo Juan, el novio ocasional de Marta, cuando una tarde sintió que a ella le vencía el abatimiento. A ti, querido Fernando, te diré justo lo contrario: Te veo feliz, Fernando. Sigue ahí.
Víctor Juan

 

[1] Luis Buñuel, Mi último suspiro, Barcelona, Plaza y Janés, 2000, p. 260

04 junio 2012

Somos los libros que hemos leído


Leer, comer, soñar, crecer… Estos verbos tienen algo en común: son necesarios para vivir. He pasado algunas de las tardes más felices de mi vida leyendo las historias que otros han construido con palabras: me he enamorado, he estado enfermo, he vencido adversidades, he vuelto de largos viajes, me he comprometido con causas juntas, he experimentado el valor de la amistad, me ha dolido el dolor de los perdedores, he vencido al miedo... La lectura me ha hecho más grande el mundo, me ha permitido entenderme y entender a las personas que viven cerca y lejos de mí. Leer me ha hecho más valiente y más vulnerable, más sabio y más consciente de mi ignorancia, más fuerte y más frágil.
Leer es un bálsamo para el alma que tiene maravillosos efectos secundarios. Un libro siempre es una invitación a seguir leyendo otros libros
Os confesaré un secreto: me gustaría saber leer en todas las lenguas del mundo para entender con qué palabras se quieren, se echan en falta, se consuelan, se acarician, se animan o son felices todas las personas que leen en cualquier idioma, en cualquier rincón del universo.
Nuestras lecturas forman parte de nuestra biografía. Somos los libros que hemos leído.

01 abril 2012

Infancias [Pregón de la Semana Santa de Caspe 2012] por Víctor Juan

Tenía razón el poeta Rainer María Rilke cuando escribió que la infancia es la auténtica patria del ser humano. En ese trozo de la vida se construye nuestra personalidad básica, aprendemos cosas tan importantes como la lengua en la que nos entenderemos y nos relacionaremos con los demás. Durante los primeros años de nuestra existencia aprendemos a interpretar la información que nos llega por los sentidos al cerebro y hacemos de nuestras manos herramientas de precisión para trasformar el mundo. En este período construimos nuestra identidad, desarrollamos la capacidad para soportar la frustración. Estos primeros años determinan la seguridad que tendremos en nosotros mismos, nuestra capacidad de arriesgar y de explorar el entorno… Escribo esto para justificar mi convencimiento de que el hombre que soy es la consecuencia del niño que fui en Caspe. Y es justo de mi infancia de lo que quiero hablarles en este lugar tan especial para mí porque cuando era niño La Colegiata alimentaba mi imaginación. En el interior de esta iglesia el eco hacía que las palabras permanecieran suspendidas en el aire durante unos segundos. Todo era mágico: las escenas de los retablos, el olor a incienso, las vidrieras por las que se filtraba la luz de colores… Los domingos acompañaba a mis abuelos a misa. Me sentaba en un banco frente al coro. Desde allí podía mirar a Teresa, una joven que cantaba con una voz que me sobrecogía. Supe entonces que si los ángeles cantaban, tenían que cantar como ella. Aquí bautizaron a mis padres, ante este altar se casaron hace cincuenta años, aquí hicimos mis hermanos y yo la primera comunión y aquí mismo he despedido a algunas de las personas que más he querido. Por eso la invitación de la coordinadora de cofradías a escribir el pregón de la Semana Santa de Caspe 2012 es un honor que nunca agradeceré bastante.
Unos meses antes de cumplir los seis años me fui a vivir a Zaragoza, pero los días más felices de mi infancia los pasé en Caspe. Mi abuelo Valentín venía a buscarme y viajábamos como dos viejos camaradas en aquellos lentos trenes que cubrían el trayecto Zaragoza-Barcelona deteniéndose en cada estación, en cada apeadero. A pesar de que tomábamos «el rápido» o «el ligero» a mí el viaje siempre se me hacía eterno. Por eso después de pasar Fuentes de Ebro ya preguntaba cuánto nos quedaba para llegar a Caspe. Machado resumía su infancia en los recuerdos de un patio de Sevilla. La mía está ligada a los lentos trenes que me llevaban hacia el Bajo Aragón. Muy pronto aprendí la retahíla de pueblos que terminaba con «Escatrón, Chiprana y Caspe».
La infancia de Machado estaba unida a los olores del limonero y la mía se perfumó con el romero y el tomillo que crecen entre las piedras pardas de nuestros cabezos. Empecé a entenderme y a entender el mundo con las palabras con las que contaban las historias las mujeres de la calle Vieja durante las noches de verano mientras tomaban la fresca. Fui niño en esta tierra regada por dos ríos, un vasto territorio que reúne la huerta fértil y el secano áspero que ha curtido, durante siglos, el carácter de los caspolinos. La memoria de mi infancia se sostiene sobre la felicidad de los juegos en las escaleretas de la iglesia, en el ir y venir sin propósito por la calle Mayor, en el cielo reflejado en las aguas del embalse o en el estruendo de las cigarras en las tardes más calurosas de agosto…
A finales de los sesenta y primeros años setenta del pasado siglo, que es el tiempo del que escribo, teníamos pocas cosas, pero teníamos la enorme capacidad de disfrutar con todo, de hacer de los pequeños acontecimientos una fiesta. Para ser felices a los niños nos bastaba con uno de aquellos vales que los hosteleros nos repartían y que canjeábamos por una limonada el día de Santa Marta, o con un poco de pan con chocolate, o una patata asada en los tederos de San Antón, o con una torta rápida o con una de las legendarias brevas que se hacían –y se hacen– en los obradores de nuestras panaderías. Todo lo convertíamos en una aventura emocionante que podía comenzar con una merienda en el Vado, con una excursión al huerto a primera hora de la mañana para coger tomates o con un paseo en bicicleta hasta el palacio de Rimer.
En Caspe aprendí a mirar el mundo y luego aprendí a contarlo.
Nuestros padres, los padres de todos los niños de aquella época, trabajaron sin descanso por nosotros. Hicieron mucho con nada y supieron legarnos su ejemplo de honestidad, de laboriosidad y de solidaridad. Así eran mis abuelos y sus vecinos, mis padres y sus amigos.
Vivíamos con lo justo, pero no teníamos la sensación de carecer de lo imprescindible. No teníamos mucha ropa en los armarios ni íbamos de vacaciones a lugares lejanos. No era extraño que las herramientas, los libros escolares, los utensilios de la cocina o los muebles pasaran de una generación a otra. Todo se guardaba porque todo podía servir en algún momento: un alambre, un trozo de cuerda, una madera, un clavo. En ese tiempo de estrecheces queríamos pocas cosas. También los niños elegíamos permanentemente. O el balón de fútbol o las botas. O la caña de pescar o una cartera nueva. Procurábamos alargar los gozos. Soñar era obligatorio.
Los hombres y las mujeres salían de casa sin plan ni coartada, sin un propósito definido y cuando se encontraban con alguien comenzaban a tejer una conversación en la que era tan importante contar como saber escuchar. Todo dependía de la palabra. Aunque caminando sin prisa podía llegarse de casa de mis abuelos en la calle Vieja a nuestra casa de la calle Borrizo en cinco minutos, a mis padres ese recorrido podía costarles dos o tres horas. Yo miraba con ojos de niño cómo los mayores disfrutaban hablando. Hablaban para estar, para ser, para vencer el tiempo... Contar era algo auténtico. Compartían sus vidas y se entretenían con palabras. No era necesario más. Disfrutaban estando juntos. Hablaban de cosas de verdad, de lo que veían, de lo que sentían, de aquello que les preocupaba. Los medios de comunicación no habían invadido sus vidas y por eso las conversaciones trataban de asuntos que les interesaban y les afectaban. Hoy tenemos la mirada secuestrada. Cuando yo era niño, las personas que habían visto algo habían estado allí. Ahora nuestros ojos van y vienen, navegan y naufragan por las pantallas sin terminar de entender nada.
Uno de mis recuerdos más gratos es el de las noches de verano, las dos o tres horas que pasábamos sentados en la calle tomando la fresca, el rato de conversación con el que culminaban todos los días. No se trataba de una manera de matar el rato mientras se refrescaban las casas y la temperatura permitía conciliar el sueño. Deseábamos que cayera el sol. Cenábamos y salíamos a la calle para participar en una gozosa ceremonia. Tuve la fortuna de tomar la fresca con las mujeres de la calle Vieja: la tía Margarita, Mercedes «la platera», la tía Manuela, la tía Julia, Andresa, mi abuela Concha… Teníamos en el patio una silla que no se guardaba en todo el verano. Yo me sentaba en el suelo, con la espalda apoyada en la fachada de la casa. Las mujeres se reunían en corros, en donde las calles se ensanchaban. No se jugaba a las cartas ni se cosía o tejía como en otras épocas del año. Espontáneamente surgía la conversación: «Mirad, chiquetas, qué os voy a contar…». Aquella fórmula iniciática preparaba mi corazón para un viaje al territorio donde nacen las fábulas, al tiempo perdido que era posible recuperar con palabras. «Mirad, chiquetas, qué os voy a contar…». Así empezaba un cuento que no sabía donde me conduciría. Mi abuela y sus vecinas habían ido poco tiempo a la escuela, habían leído pocos libros –quizá no habían leído ninguno–, no habían asistido a la inauguración de una exposición, no habían escuchado una conferencia ni habían visitado un museo, pero tenían un discurso, una historia que contar, su propia historia. Y contaban con palabras auténticas. Los primeros cuentos que recuerdo son las historias que estas mujeres susurraban en las noches azules y quietas de mi infancia. Escuchaba, soñaba y veía cómo las palometas blancas rebotaban contra los adoquines buscando la luz de las farolas. La misma luz que las mataba. Aleteaban de tal modo que podía escucharse el ruido de sus cuerpos contra el suelo.
En aquellos días azules de mi infancia, vivía yo entre Zaragoza y Caspe, aunque tenía la certeza de que mi vida, mi auténtica vida, se detenía cuando me tenía que ir a Zaragoza. En Caspe se quedaban mis amigos, la bicicleta, las cañas de pescar, La Glorieta, Radio Caspe, los jardines de la estación, los cines Lucero y Goya, la libertad para decidir en qué ocupábamos el tiempo, el pan de Caspe, las horas perdidas de la risa sin razón, la sirena que marcaba la hora de comer y de cenar, las personas que tanto me quisieron y que hicieron para mí un mundo perfecto… Al recordar los días que pasaba en Caspe me invadía la misma melancolía que se apodera de mí cuando pienso en el tiempo que se nos fue o en las personas que ya no volveré a ver. Caspe era para mí una suerte de paraíso perdido al que regresaba en cuanto tenía ocasión.
Mi abuelo Valentín venía a buscarme el primer día de las vacaciones de Semana Santa que empezaban, para los escolares de entonces, el miércoles santo a la hora de comer. Mi recuerdo del Domingo de Ramos en Caspe se lo debo a unas fotografías en blanco y negro en las que estoy con mis hermanos y con mis primos. En aquellas imágenes robadas al tiempo seremos ya para siempre unos niños con pantalones muy cortos que apenas pueden sostener en alto una palma. En la memoria también guardo un refrán que se repetía en mi casa y que yo, por la literalidad que caracteriza el pensamiento infantil, tardaría un tiempo en comprender: «Domingo de Ramos, el que no estrena no tiene manos».
Cada Viernes Santo, a primera hora de la tarde, los cofrades subían por la calle Mayor, en silencio, con el rostro grave, las túnicas recién planchadas bajo el brazo y los zapatos embetunados. Mis amigos y yo nos las arreglábamos para ver la procesión del Santo Entierro tres veces. Primero en los jardines de la iglesia donde salían el Nazareno y La Dolorosa, el paso que entonces sólo llevaban sobre los hombros mujeres solteras. Luego corríamos a la calle Santa Lucía para ver pasar por primera vez todas las cofradías. Nos conmovía la historia completa de la pasión, representada en varios actos: La Burreta, La Oración, La Flagelación, El Nazareno, El Cristo, La Piedad, La Cama, La Dolorosa, el Santísimo y la Veracruz. Mientras suavemente anochecía, buscábamos un atajo para llegar a la calle Mayor antes de que lo hicieran los primeros faroles y estandartes para ver, cerca del «cantón de Cotarrán», otra vez la procesión completa. Era nuestra manera de alargar la emoción de aquella tarde de tambores y silencio en la que nuestros corazones latían al unísono.
Frecuentemente, los amigos de nuestros padres nos preguntaban a mis hermanos y a mí si nos gustaba más Caspe o Zaragoza. En el caso de la Semana Santa no teníamos ninguna duda. Preferíamos las procesiones de Caspe porque discurren por unas calles que tienen la dimensión exacta, por el limpio sonido de los tambores y de las cornetas y por la estética de sus pasos. Las procesiones de la Semana Santa de Caspe tienen la belleza de lo efímero: se preparan durante meses y duran apenas un instante. Aunque resulte paradójico, la representación de la Pasión me recuerda que nuestro destino no es el dolor, que hemos sido creados para la felicidad y que nuestros ojos están hechos para la luz. Por eso la Semana Santa era para nosotros la alegría del domingo de Resurrección. Al día siguiente, mientras el resto del mundo celebraba el lunes de Pascua, en Caspe celebrábamos, con una comida en el campo, San Bartolomé.
Para concluir, me voy a permitir un recuerdo estrictamente personal de mi participación en la Semana Santa de Caspe. Antes de cumplir los seis años vestí tres veces la túnica del Nazareno. La primera vez llevé sobre los hombros una pequeña cruz de madera. Mi padre me dio tres consignas que yo cumplí escrupulosamente: «no mires a nadie», «no saludes a nadie» y «no te separes de Conrado». En realidad estuve todo el recorrido pegado a él, cautivado por su habilidad para arrancarle a la caja trepidantes redobles que daban el contrapunto a la banda de tambores. Como era previsible, aquel día decidí que cuando yo fuera mayor tocaría la caja como la tocaba Conrado García. Luego escuché a Jesús Orecilla tocar la corneta y tuve dudas sobre mi futuro: ya no supe a qué carta quedarme. Quizá podría tocar unos días la caja y otros la corneta. Esas tardes también descubrí a una persona esencial en la cofradía del Nazareno: Felipe Liria Guiral, el hombre que podía haber sido actor de doblaje para ponerle voz a Clint Eastwood o a John Wayne. Felipe era el encargado del Santo, la persona que iba de un lugar a otro para tenerlo todo dispuesto. Encendía las velas que se apagaban, echaba más incienso en el incensario, ordenaba parar o avivar la marcha, organizaba los turnos de los costaleros… En la casa de mis padres hubo siempre un hachón del Nazareno porque Felipe, pasara lo que pasara, le guardaba a mi padre un cabo de una de las velas que habían iluminado el Viernes Santo el rostro del Nazareno.
Quiero terminar justo aquí, con este recuerdo para Manuel Juan Jover, mi padre, que hoy se hubiera sentado en uno de los bancos de esta iglesia parroquial de Santa María la Mayor de Caspe, junto a su amigo Felipe, ataviados los dos con sus túnicas del Nazareno, y hubiera sido tan feliz como yo lo soy ahora mismo.
Muchas gracias
Caspe, 31 de marzo de 2012

28 enero 2012

«Algunos días comemos poco y otros no tenemos qué comer»

«Algunos días comemos poco y otros no tenemos qué comer». Así se explicaba ayer en la radio un padre de familia que hace dos años que está en paro. Frente a este drama nacional los políticos continúan interpretándose a sí mismos, jugando al club de la comedia, olvidando cada una de sus promesas. Quienes ahora gobiernan ya no recuerdan aquella fórmula magistral que se resumía en «haremos lo que tenemos que hacer», «crearemos varios millones de puestos de trabajo». Mientras ellos vagan, amnésicos, de comisión en comisión, de un lado para otro con el coche oficial y el teléfono móvil pegado a sus orejas hay familias que algunos días comen poco y otros no tienen qué comer.

29 diciembre 2011

A esguaz (24 de agosto de 2002)


Publiqué esta nota en agosto de 2002, cuando yo era pequeño

Ir a esguaz. No han pasado cuarenta años desde que se congeló para siempre esta imagen. Un grupo de veintiocho hombres limpiando la acequia que les daba de comer. Había que hacerlo una vez al año:

- "Tarariii. Se hace saber, que el que quiera ir al esguaz se presentará el jueves a las ocho, con la "ja" y la espuerta en La Glorieta".

Hombres metidos en el fango hasta la cintura que trabajaban por la comida y un sueldo.

No hace cuarenta años. Ninguno de ellos tenía en casa televisor, si sabían qué sería un ordenador, ni los cajeros automáticos, ni el teléfono móvil. Por esas mismas fechas, había que esperar meses -y casi siempre años- para que telefónica instalara un teléfono particular.

Veintiocho hombres de Caspe (Zaragoza) haciendo, por poco más que por la comida, un trabajo de auténticas bestias. Este es un trabajo que hoy les dejaríamos -vengonzantemente- a los que vienen de fuera: los negros de todos los colores, los árabes...

Aunque aún no hace cuarenta años que se tomó esta fotografía, es difícil reconocerse en aquella sociedad: en primer lugar porque tenemos una memoria frágil y, en segundo lugar, porque hemos cambiado mucho (la tecnología, la educación, la legitimidad de todo el sistema, la jerarquía social, los valores, etc.).

Y es que a pesar de todas las contradicciones, nunca hemos tenido un país mejor que ahora.


La fotografía la tomo de Barceló, A. y Serrano A. (1999): Afanes cotidianos. Estampas de oficios y trabajos en el Bajo Aragón (1999), Zaragoza, Grupo Cultural Caspolino

08 diciembre 2011

Marta

Descarga gratuita de la novela Marta de Víctor Juan [descargar]

12 octubre 2011

La ofrenda de flores: hacer juntos, mirar juntos

En Aragón es frecuente que las vísperas de las fiestas sean tan importantes como las propias fiestas. Así ocurre con la ofrenda de flores que para mí se iniciaba, en realidad, la víspera del día del Pilar cuando acompañaba a mi madre a recoger el ramo de claveles, me probaba el traje de baturro que me hizo mi tía y preparábamos la bota para llenarla de naranjada, el pan y el chorizo para las alforjas, y la gayata –todo aquello era para mis hermanos y para mí el complemento natural del vestuario–. Algunos años después, la víspera de la ofrenda fue la primera noche que pasé en vela, callejeando sin norte, repartiendo el rato entre los bares –pocos bares, que había que estirar las escasas pesetas de que disponíamos para todas las fiestas– y los bancos del paseo mientras reíamos por todo y por nada, como sólo se ríe a los diecisiete años. La víspera de la ofrenda de flores fue para nosotros una suerte de proceso iniciático que nos permitía ingresar en el club de quienes habían sido capaces de estar una noche entera sin dormir. Cuando clareaba el día tomábamos un chocolate con churros y nos acercábamos al Pilar, a la calle Alfonso, o a la Facultad vieja de Medicina para ver como se organizaban los grupos de baturros más madrugadores.

Cuando en 1958 se celebró la primera ofrenda de flores predominaba la tristura del gris en todo el país y había mucho silencio en la sociedad zaragozana. El dictador aún viviría 17 años más y la sombra del régimen se proyectaría después de su muerte. Las fiestas del Pilar eran las fiestas de una ciudad sin ciudadanos porque solo se puede ser ciudadano si se es libre. Algunos se empeñaban en ser ciudadanos contra viento y marea y ejercían la ciudadanía clandestinamente en las catacumbas de la libertad. La ofrenda de flores nos devolvía, por un instante, la condición de ciudadanos que podían disfrutar de su ciudad. La ofrenda permitía a la gente reunirse cuando estaba prohibido el derecho de reunión y conversar mientras caminaban por las calles de Zaragoza.

Durante la Transición, cuando se intentó terminar con algunos recuerdos de la dictadura, hubiera podido ocurrir que la ofrenda resultara un acto anacrónico y perdiera todo el interés. Baste pensar en las jotas patrioteras y fascistas, las celebraciones del día de la raza y del día la hispanidad, la proximidad entre el régimen del general Franco y la jerarquía de la iglesia católica… Por si todo esto fuera poco, en 1913 Alfonso XIII había declarado a la Virgen del Pilar patrona de la guardia civil. Aquello era lo último que le faltaba al día 12 de octubre para convertirse en una lejana y extraña celebración. Todo indicaba que la ofrenda de flores moriría de inanición porque no le interesaría a nadie. Pero no fue así. La ofrenda se vigorizó y se convirtió en un elemento de expresión de los ciudadanos que querían tomar la calle con una ceremonia que no era ni una procesión ni un desfile.
Una de las claves del éxito de la ofrenda radica en que en ella participan todos los que están en la calle. La ofrenda es tanto de como quienes se visten y llevan flores como de quienes miran. La mirada de los otros, la mirada necesaria e imprescindible, nos hace existir. Los que se exhiben y los que contemplan hacen posible el ritual de tomar la calle, de compartir un propósito. La ofrenda nos brinda la oportunidad de ser por un día “nosotros”, la oportunidad de participar en una liturgia ciudadana. Ir a la ofrenda es colaborar en una tarea común. Desde las aceras miramos pasar a la gente vestida con el traje del país como se mira discurrir un río o como se contempla el mar en invierno. La marea de colores nos purifica al tiempo que despierta en nosotros un sentimiento de pertenencia, un sentimiento de identidad. La ofrenda de flores es una fiesta asamblearia. Todo el mundo forma parte del yo colectivo que ese día sale a la calle para pasear, para dejarse ver y para mirar, para ocupar un espacio que le pertenece. La ciudad es de los ciudadanos o no es de nadie. La ofrenda permitió que pasáramos de ser espectadores de la fiesta a ser los protagonistas.

La ofrenda es una ocasión para hacer algo entre todos, para confeccionar un gigantesco manto de colores para la Virgen del Pilar, un manto en el que predominan flores humildes como los claveles, la esparraguera, los lirios o los gladiolos, un manto efímero y breve como son breves y efímeras las cosas que nos hacen más felices.

El éxito de la ofrenda también reside en su simplicidad. Sólo hay que recorrer unos centenares de metros para depositar un ramo de flores. No es necesario ser de un club, de una asociación ni de una cofradía. No hay que ensayar ni hay que superar una prueba de ingreso. No hay que reunir unas condiciones físicas especiales. La ofrenda está abierta a todos. Se puede ir sólo, en pareja, con la familia, con un grupo de amigos… No importa quien seas ni de dónde hayas venido. No importa el traje que lleves, ni la edad que tengas, ni los bailes o las canciones que te conmuevan. Todo el mundo es bienvenido. Hay en la ofrenda un componente imprevisible, un caos dentro del orden.

La ofrenda de flores es un acto que ha perdido su carácter estrictamente religioso, aunque a veces tengo la impresión de que la relación de los aragoneses con la Virgen del Pilar no se explica exclusivamente desde las convicciones o las creencias religiosas. Recientemente, José Manuel Ontañón me contaba que el primer viaje que hizo después de la guerra civil fue de Madrid a Zaragoza. Vino con el encargo de cumplir la promesa que su madre, la maestra María Sánchez Arbós, le había hecho a un miliciano aragonés de la Columna Durruti a quien atendió en el Hospital de sangre en donde ella trabajaba voluntariamente. Aquel hombre le pidió justo antes de morir que le pusiera en su nombre una vela a la Virgen del Pilar.

Afortunadamente, los niños y los jóvenes no han oído hablar de la fiesta de la raza y desconocen el contenido patriótico que quería dársele a la fiesta de la hispanidad… Ni siquiera han visto en la televisión en blanco y negro de nuestra infancia Agustina de Aragón, protagonizada por Aurora Bautista, la película que veíamos las tardes del 12 de octubre. Hoy algunos participan en la ofrenda de flores por devoción, otros por seguir con la tradición que heredaron de sus padres. Para muchos la ofrenda es, simplemente, la ofrenda, un día para tomar la calle, para hacer un ejercicio de ciudadanía que nos permite sentir la ciudad como algo propio, que nos permite recorrer las principales calles de Zaragoza para construir algo entre todos. Los que participan en la ofrenda –quienes llevan flores y quienes miran– son más felices que hace 50 años porque vivimos en una sociedad democrática, infinitamente más culta y más justa que aquella que contempló por primera vez en 1958 como se elaboraba, clavel a clavel, un manto para la Virgen del Pilar.

Víctor Juan
(El periódico de Aragón 12 de octubre de 2008)

14 julio 2011

Deudas de serie

Deudas. Desde hace meses, entre los mensajes basura que colapsan mi cuenta de correo, recibo uno que lleva por título «cancele sus deudas». Estoy tentado de llamar al número de teléfono que me indican para que todas mis cuentas pendientes se pongan a cero.

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De serie. Algunas cosas en ti tienen poco mérito o ninguno: la sonrisa, la mirada, el color de tu piel y de tu pelo, la forma de tus manos... Forman parte de tu equipamiento de serie. Lo que más me gusta de ti son los extras que has conquistado con el tiempo: la inteligencia, la palabra, el rigor, la voluntad de querer.

19 junio 2011

un paseo

Ayer me regalé un paseo por el centro de Zaragoza: Don Jaime, el Coso, Alfonso, plaza del Pilar, plaza de San Bruno, San Vicente de Paúl... Tuve la certeza de no haber mirado nunca la ciudad como ayer la miré

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Levantar el campamento, por Daniel Gascón en Letras Libres

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Carlos Terreu, uno de los administradores concursales del Real Zaragoza, fue compañero mío del bachillerato. Nos reímos tanto juntos que quizá la felicidad compartida me autorice a sugerirle algunos fichajes. He visto el listado de acreedores del Real Zaragoza. En realidad, solo falto yo en ese listado.

05 junio 2011

Esperanza

Estos días -y todos los días- hemos de buscar las palabras en las que anida la esperanza

03 junio 2011

Pasa el tiempo tan suave...

Ayer comentaba cosas de mi infancia con el profesor de solfeo de mi hija -un señor de veinticuatro años que además de profesor de música es especialista en Aristóteles, habla latín y griego clásico, francés, inglés y griego moderno- y cuando quise comparar «la escuela de nuestros tiempos» me dijo «¡pero si tú podrías ser mi padre!...» y tiene razón. Brad Pitt. Pepe Melero y yo aún podemos interpretar papeles de jóvenes adolescentes, pero es cierto que el tiempo se pasa tan suave...

15 mayo 2011

Como dios quiso que fuera

Cuando me puse en viaje supe que aquella iba a ser una carrera de al menos una parada. Técnicamente me convenía parar en el kilómetro cincuenta. No cambiaría neumáticos. Me la jugaría con los neumáticos duros. Al ir a pagar asomaron entre mis tarjetas de crédito las tarjetas de abonados del Real Zaragoza de mi hijo y la mía. El empleado de la estación de servicio casi me dio el pésame y me dijo que la joven que le acompañaba era del Barça. Le felicité por ello:

-Enhorabuena, será usted muy feliz en este mundo.

-Si usted entendiera de fútbol también sería del Barcelona.

-Qué va. Imposible. Si usted entendiera realmente de fútbol sabría que no elegimos el equipo al que pertenecemos y que en esta vida se puede cambiar de casi todo: de trabajo, de casa, de pareja, de país o de sexo, pero uno no puede dejar de ser del equipo que dios quiso que fuera.

Sólo así se entiende la absurda tristeza que nos produce la derrota o la absurda alegría que nos acompaña cuando, de tarde en tarde, ganamos un partido.

Esta noche se juega el partido de nuestra vida. Cada partido es, en realidad, el partido de nuestra vida. Durará unos noventa minutos y después de que el árbitro pite el final del encuentro nosotros alargaremos con palabras durante el resto de nuestra vida la efímera alegría o puta la tristeza.

29 abril 2011

Asuntos pendientes

Una cena, una conversación, abrazarte, un libro, un viaje, un café, besarte... Contigo quiero tener siempre asuntos pendientes, una razón para pensar en ti, para volver a verte y aunque finalmente se pase la vida -porque el tiempo se pasa muy suave- sin que hayamos encontrado la ocasión para para cenar juntos, para abrazarte o para hacer ese viaje que proyectamos tantas veces, lo más importante es que vivo sabiendo que entre tú y yo hay asuntos pendientes. Es la vieja tensión entre la potencia y el acto. Por eso, aunque a veces no me entiendas, prefiero saber que puedo besarte a besarte.

Un día me esperaba a mí mismo

A veces, muy pocas veces, uno tiene el privilegio de sostener en las manos un libro tan hermoso como un libro hermoso. Ni más ni menos. Un libro de diseño cero, un libro que invita a leer, un libro que es todo lo que una persona razonable espera de un libro. Un libro en el que se ha cuidado la tipografía, la selección del papel, el color de la cubierta, la partición de las palabras, las líneas viudas... La sensación de belleza que transmite un libro-libro, un libro hecho con amor, es tan difícil de explicar que lo mejor es no decir nada. Compren Un día me esperaba a mí mismo de Miguel Ángel Ortiz Albero, editado por Jekill&Jill editores y entenderán qué quiero decirles.

25 abril 2011

Folletín coleccionable

Cada domingo y fiesta de guardar, publicaré una nueva entrega de este coleccionable. Ustedes podrán ordenar los párrafos como mejor les parezca.

I. «Cogió las llaves, se palpó los bolsillos buscando el teléfono, el paquete de pañuelos, la pluma estilográfica, la billetera... Repetiría ese mismo gesto varias veces al día. Siempre le parecía que le faltaba algo. Y tenía razón: siempre le faltaba algo».

21 abril 2011

Como una caja de herramientas

Como cualquier humanista, tengo un par de cajas de herramientas que son una metáfora perfecta de mi vida. Hace unos diez años que no las ordeno -ni las cajas ni la vida misma-. En estas cajas los objetos han encontrado su lugar natural, el lugar que el destino, el azar o su propia existencia les ha reservado. Cada vez que busco un tornillo, lo remuevo todo. A veces lo encuentro y entonces lo meto todo como dios me da a entender, sin pensar que habrá una próxima vez. No tengo más remedio que confiar en mi capacidad para encontrar la lógica que preside el caos.

20 abril 2011

Que tanta maldad nazca de la nada

Esta mañana me ha dado por coger la azada y picar un poco -apenas nada, que yo soy de poco picar- las hierbas del huerto. Mientras mi espalda se quejaba, me he acordado del tio Pedro, un hortelano a quien conocí hace veinticinco años, cuando él ya había superado los ochenta. Decía que las malas hierbas las echaban los franceses por la noche. Entonces no le creí, pero ahora sé que tenía razón. No puede ser que tanta maldad nazca de la nada.

12 abril 2011

Jekyll&Jill editores

Cada 10 de abril, salvo que por esas puñetas de la vida estemos en un bisiesto, se cumplen cien días desde que estrenamos el año. Se terminó el período de prueba, el margen de confianza, el tiempo de adaptación. Después del 10 de abril entramos en el tiempo definitivo, en los días en los que hay que exigirle al año que nos dé lo que nos prometió, lo que esperábamos de él. Y yo, en este tiempo definitivo, he de darles una gran noticia. Jessica Aliaga Lavrijsen y Víctor Gomollón han creado una editorial, Jekyll&Jill. Inician su catálogo con la novela Un día me esperaba a mí mismo del escritor Miguel Ángel Ortiz Albero.
El día 17 de abril -ya falta menos, aguanten un poco más la tensión- estarán los cuatro -editores, autor y novela- celebrando el Día del libro en el Paseo Independencia. José Giménez Corbatón presentará Un día me esperaba a mí mismo en la librería Cálamo, el martes 26 de abril a las 20 h. Pero de eso ya les daré cuenta cuando llegue el momento. Hoy alegrense del nacimiento de Jekyll&Jill.

11 abril 2011

Fórmula magistral

Hacer pocas cosas. Solo aquello que nos apasione.

Buscar la sencillez. Nada tiene tanta fuerza como lo simple.

Eliminar todo lo que no sea estrictamente necesario.

Empezar siempre de nuevo. En cada ocasión, todo.

Empeñarse en aquello que se ha soñado primero.

20 febrero 2011

Elisa y Marcela. Más allá de los hombres

Es bien sabido que el magisterio fue un colectivo controlado por la iglesia y por los caciques de cada época, y que las maestras estuvieron sometidas a la estricta vigilancia de la sociedad. Gran parte de los expedientes incoados a maestras estaban relacionados con su vida privada, con sus comportamientos extraescolares y no con cuestiones estrictamente derivadas de su trabajo en las aulas. La vida de las maestras, sobre todo en los pequeños núcleos rurales como en los que trabajaron Elisa y Marcela, se reducía a la escuela y la iglesia. En este contexto de falta de horizontes, dos maestras reunieron el valor suficiente para enfrentarse a la sociedad y procuraron, por encima de cualquier otra cosa, su felicidad. Por eso se casaron –sirviéndose de mil argucias, mintiendo como mienten los enamorados– en la parroquia de San Jorge de Coruña el 8 de junio de 1901. Aquel fue, como se calificó en la prensa, un matrimonio sin hombre.

Marcela y Elisa hicieron cuanto estuvo en su mano para amarse. Por estar juntas renunciaron a su trabajo, a su familia, al país en el que habían vivido, se enfrentaron a burlas, censuras, insultos y acusaciones injustas. El malditismo de estas maestras fue una creación de los medios de comunicación de la época, tal y como demuestra Narciso de Gabriel en su búsqueda de datos sobre este episodio en las páginas de la prensa gallega, en la prensa de Madrid, de Portugal o de Buenos Aires. Los periódicos buscaban el sensacionalismo, publicitando los aspectos más escabrosos de la imagen de estas dos mujeres que decidieron amarse a costa del dolor, del desprecio, de la burla y de la condena pública. Y esta persecución mediática fue rentable. La revista Nuevo Mundo vendió en los días 3 y 4 de julio de 1901 cerca de veinte mil ejemplares, algo inusitado en la época. Cuando en 1904 los medios de comunicación dejaron de ocuparse ellas, se les pierde la pista, como si Elisa y Marcela hubieran desaparecido de la historia.

Aunque siempre se ha perseguido a quienes sueñan y a quienes son felices, estas maestras tuvieron el valor para enfrentarse consigo mismas, el valor de aceptar sus deseos y de luchar por sus sueños para no llevar una existencia hipócrita.

El profesor Narciso de Gabriel nos tiene acostumbrados a trabajos rigurosos, hechos sin ruido y sin prisa, estudios demorados, investigaciones a las que dedica el tiempo que cada proyecto le demanda. Así lo hizo, por ejemplo, en Escolantes e escolas de ferrado (2001), en Ler e escribir en Galicia (2006), o en una investigación particularmente cargada de valores éticos, origen del brillante artículo publicado en el año 2000 en esta misma revista: «Arximiro Rico. Vida e morte dun mestre republicano», y, ahora, con Elisa e Marcela, Alén dos homes (Nigratrea, 2008) ha demostrado que es posible esperar quince años para completar todos los detalles de una «una de las más extraordinarias historias de amor de todos los tiempos», como califica Manuel Rivas a la historia de Elisa y Marcela en el prólogo a la edición en castellano de la obra.

Afortunadamente Narciso de Gabriel es el historiador tranquilo que lee sin prisa, escribe acariciando cada palabra –esa pasión por la escritura bien hecha le ha valido premios tan prestigiosos como el María Barbeito, el Losada Diéguez, el Crítica Galicia y el Concepción Arenal–. Narciso de Gabriel no ha caído en la tentación de querer publicar una exclusiva, una primicia sobre una historia tan apasionante. Para demostrar esta pasión por el trabajo bien hecho basta reparar en las 522 notas al final del texto, en el brillante análisis de las claves interpretativas que Narciso de Gabriel ha hecho en la segunda parte del libro -hermafroditismo, lesbianismo, travestismo y feminismo- o en el detallado anexo en el que se reproducen documentos esenciales para entender e interpretar este suceso.

No puedo escribir en Sarmiento. Anuario Galego de Historia da Educación sobre este libro ni sobre su autor sin tener un recuerdo de admiración y de cariño para Herminio Barreiro, un profesor que hizo suya la promesa de Protágoras cuando invitó a Hipócrates a que fuera su alumno: «Si me acompañas te sucederá, cada día que estés conmigo, que regresarás a tu casa hecho mejor ». Y eso es lo que le ocurrió a Narciso de Gabriel y a un puñado de historiadores gallegos que proyectan de mil maneras en sus clases, en sus investigaciones y en cuanto escriben el poso que dejó en sus vidas el privilegio de haber conocido a Herminio Barreiro.


Víctor Juan

De Gabriel, Narciso, Elisa y Marcela. Más allá de los hombres, Barcelona, Editorial Libros del Silencio, 2010
Reseña publicada en la revista Sarmiento (Anuario Galego de Historia da Educación) correspondiente al año 2010