18 marzo 2008

Ya todo es muy largo de contar

Yo, que por tantas razones fui un niño triste, tuve una infancia radicalmente feliz en Caspe. Cada vez que como ayer mismo me ocurrió paseo por las calles de Caspe sé que, en realidad, estoy haciendo un viaje íntimo a mi infancia. Aún espero encontrar a las mismas gentes con las que me cruzaba hace 35 o 40 años. Busco en los rostros una señal, un leve indicio que me permita despojar a las caras del efecto del paso del tiempo. Me busco a mí mismo en los desconocidos que matan el tiempo en los bancos de los jardines, conversan distraídamente en las aceras, entran y salen de las tiendas, arreglan las macetas de sus balcones o llevan a sus nietas de la mano mientras les cuentan el mundo.
Siempre me paro en los jardines de La Balsa. Desde allí contemplo las rejas del minúsculo patio de recreo en el que hice mis primeros amigos de bata a rayas. Allí pasé los recreo gritando "quien-juega-a-carreras". Cuando organizábamos el juego, se había terminado el tiempo de jugar. Siempre me pasa lo mismo. Desde los jardines, pegada al patio de la escuela, se ve la puerta cerrada de la casa de La bochorna donde acompañaba a Olga y a Carmen a buscar todos los días la leche, en un tiempo añadido, en la prórroga, en el tiempo de descuento de cada día. Tenían que estar en casa a las nueve, pero volvían a salir para ir a buscar la leche. Al lado de la lechería vivía Rosamari Serra, que fue novia de mi hermano Carlos como sólo se tiene novia a los 11 años.
Plantado delante de esta manzana mágica tuve la tentación de llamar a Carmen para contarle lo que le he dicho mil veces, pero lo dejé estar por el pudor o por la autocensura a la que nos sometemos cuando nos plantemos la oportunidad de lo que aún no hemos hecho.
Entré en la panadería y pedí con la misma seguridad que hacía mi abuela: "una torta de balsa grande, un pan, una barra, una docena de magdalenas, una docena de mantecados y otra de pastas de alma". La panadera me miró extrañada. "Sí, soy de aquí -pienso para mí- pero sería muy largo de cortar".
Ya todo es muy largo de contar.

1 comentario:

Luisa Miñana dijo...

Todo comienza a ser largo de contar, sí. Y a menudo da pereza. Qué cosas.
Te envidio la posibilida de reconocer tu infancia en un paisaje. La infancia más indulgente. La de antes de los diez años. Mis paisajes de esos se quebraron en el desarrollo urbano y en la distancia. Y a menudo los echo mucho de menos. Para mi son ya parte de una leyenda.
Besos.