02 junio 2013

Aquellos días de luz y palabras


[mi última novela, Aquellos días de luz y palanbras (Editorial Sabara), 
distribuida por literatúrame]

30 mayo 2013

Víctor Juan: el escritor maldito



Antes de empezar a escribir, antes de que las palabras me envenenaran definitivamente el alma, pensaba que si un día escribiera, me gustaría ser un escritor maldito. Sería un tipo incomprendido, solitario, despreciado y olvidado, desde luego, por la academia y la crítica, alejado de las modas. Me convertiría en un escritor atormentado por mil dudas, pero libre de ataduras. Como enseguida habrán adivinado, aquellos deseos míos no se han cumplido, por un buen puñado de circunstancias.
El malditismo de los escritores está relacionado con la muerte, con la búsqueda de una salida airosa de este valle de lágrimas. Parece como si todos pretendieran vivir poco, pero intensamente y yo, señores, no valgo para escritor maldito porque amo la vida y sé que nada me joderá más que morirme. Cuando llegue mi último día –además de que «me encontraréis ligero de equipaje como los hijos de la mar»– solo tendré un consuelo: será mi amigo Pepe Melero quien escribirá mi necrológica. Otros dirán, seguro que si hice esto o lo otro, que si amé tales o cuales cosas, quizá incluso alguien intente mancillar mi buen nombre sosteniendo que con mi último suspiró entoné los primeros acordes del «Hala, Madrid», pero ustedes no han de creer nada de lo que oigan. Solo Melero está autorizado para aponderarme y también para censurar lo que de censurable haya hecho en esta vida.
Tampoco podemos decir que la mía sea una vida bohemia, disoluta, que yo viva al límite, en los bordes de esta senda por la que discurren nuestros días, tal y como se espera de un escritor maldito. No hay nadie que lleve una existencia tan monacal como la mía. Vivo retirado del mundo y sus oropeles, alejado de la hoguera de las vanidades en la que muchos se consumen. Madrugo mientras todos duermen, tengo azadones y carretillo, hago la compra todas las semanas en el Mercado Central de Zaragoza, exprimo naranjas para hacer un litro de zumo cada mañana, soy cocinero de mi familia y de mis amigos y, para completar el cuadro, friego los cacharros sucios y meto los platos en el lavavajillas.
Tampoco soy, en el sentido estricto del término, un incomprendido. Me siento querido, acompañado y mimado por mis amigos. Muchas veces me pregunto si estoy a la altura de su cariño, si realmente he hecho algo para merecerlo.
Para ser un escritor maldito debería consumir sustancias, estimularme con algunas drogas para potenciar mi creatividad, mi autoestima o mi capacidad de resistir los golpes que a veces nos da la vida. Pues bien, a mí no se me conocen más adicciones que las que me atan al tomate seco de Caspe y al pan del obrador OLBIS de Huesca.
Además, soy feliz. Feliz de publicar mis libros en Sabara Editorial con las gentes de Literaturame. Esto me ha hecho liberarme del síndrome que hemos padecido en mayor o medida muchos de nosotros cuando hacemos libros. Este síndrome se manifiesta en nuestra manera de entrar en las librerías, poniendo cara de ser otros para que nadie sepa que somos escritores en busca de sus libros. Nos acercamos a la estantería en la que debería estar nuestra novela con el corazón acelerado, mal disimulando nuestra ansiedad. Casi siempre comprobamos que nuestras sospechas eran ciertas: nuestros libros nunca están en las librerías. La edición digital –escribir muñecas hinchables, como las llamó Melero– me procura cientos de alegrías. Y la principal es que sé que cada vez que alguien quiera leer la novela la tendrá al alcance de la mano, desde cualquier parte del mundo, las veinticuatro horas del día, todos los días del año. Y esto me da una tranquilidad difícil de explicar.
Así que lo mejor será aceptar mi condición de escritor sentimental, romántico y zaragocista, un tipo feliz por todo, salvo por una cosa que ahora no quiero recordar.

29 mayo 2013

Para mis hjos, enseñanza pública

Cuando se llega a mi edad no es difícil aceptar que en su vida uno ha hecho algunas cosas bien y otras mal. Quizá haya más errores que aciertos en su haber. Yo tengo la certeza absoluta de que una de las cosas que he hecho bien es elegir para nuestros hijos la enseñanza pública, primero en la escuela que Zaragoza dedicó a Joaquín Costa y después en el IES Goya, heredero del viejo Instituto General y Técnico de la ciudad. Escribo esto ahora que nuestra hija Blanca ha terminado bachillerato. Escribo ahora que he tenido ocasión de conocer el trabajo de decenas de profesores del instituto con quienes siempre tendré -sin que ellos lo sepan, sin que lleguemos a conocernos- una permanente deuda de gratitud por los centenares de horas de preparación de las clases, por su esfuerzo generoso, por su sensibilidad y por su rigor. Gracias.

09 mayo 2013

Palabras


Mi madre me regaló palabras que me han permitido entenderme y encontrarme con los demás, las palabras de enamorarme y de querer a mis hijos, las palabras para cambiar el mundo.
Cuando fui niño en Caspe siempre tuve cerca personas que me quisieron, que me miraron, que me hablaron y que me escucharon: mi abuela Pilar, mis abuelos Valentín y Concha, las mujeres de la calle Vieja con quienes tuve la suerte de disfrutar horas de demorada conversación bajo el cielo estrellado de las noches de verano de mi infancia (Margarita, Pascuala, Julia, Mercedes la Platera, Andresa, María…). También fueron muy importantes para mi formación como palabrero incorregible los días y días que pasé con Carmen y José, los vecinos de mis abuelos, y las tertulias durante las reuniones familiares con mis tíos y mis primos. Nuestra vida giraba alrededor de las palabras… Las palabras son, lo sé ahora que ya voy a cumplir cincuenta años, el más valioso legado de mi infancia.
Y las palabras, aquellas mismas palabras, me han traído hoy aquí.
Me hace muy feliz pensar que mi nombre está unido y enredado por una razón más con Caspe. Cuando alguien haga la historia del concurso literario de relato corto «Ciudad de Caspe» dirá que la edición de 2013, la octava, la ganó un tal Víctor Juan, quien tomó prestado para la ocasión el nombre del escritor Silverio Lanza, el raro de Getafe, y presentó un relato titulado «Muerde la soledad».

03 mayo 2013

Mi vida me salvó la vida

Frank McCourt, El profesor, Madrid, Maeva Ediciones, 2006, 293 pp.
(Publiqué esta reseña en «Artes y Letras», el suplemento que coordina Antón Castro en Heraldo de Aragón. No sé ni qué día ni qué año, pero la publiqué cuando era pequeño)
Como una moderna Sherezade, en manos esta vez de despiadados adolescentes, Frank McCourt (Nueva York, 1939) aprovechó su dominio del arte de contar y de persuadir para despertar con palabras el interés y la curiosidad de sus alumnos. Esa fue su tabla de salvación: tener algo valioso que contar, saber hacerlo y, sobre todo, reunir la valentía necesaria para asumir el riesgo que supone este ejercicio de desnudez.
Quienes hemos tenido el privilegio de que un buen profesor se cruzara en nuestro camino recordamos que era alguien que nos ayudaba a encontrar sentido a la vida, que era capaz de contárnosla para que nos apropiáramos de ella, por encima de las Matemáticas, del Inglés o de la Geografía. Frecuentemente, lo más importante ocurre siempre al margen del programa o en los límites, cuando los profesores hablan desde los umbrales. Quizá sea en esa tierra de nadie donde cada profesor es único y puede proyectar sus lecturas y su biografía. Por librarse de las lecciones de gramática, los estudiantes de secundaria del país de la opulencia le pedían al profesor McCourt que les hablara “de su desgraciada infancia en Irlanda” y él les descubría –y nos descubre ahora a los lectores- al niño de los callejones de Limerick que había nacido en Nueva York, hijo de emigrantes irlandeses, y que se trasladó a Irlanda antes de cumplir los cuatro años. Allí era “el americano” y cuando con diecinueve años regresó a los Estados Unidos fue ya para siempre un emigrante irlandés.
El día en que le llegó la jubilación, uno de sus alumnos le gritó a modo de despedida: “Eh, señor McCourt, debería usted escribir un libro”. “Lo intentaré –le contestó-”. Así lo hizo y sorprendió al mundo con Las cenizas de Ángela, Premio Pulitzer, un libro del que se han vendido más de 20 millones de ejemplares. De este modo, pasó de ser un profesor desconocido a entrevistarse con presidentes de los Estados Unidos, con el Papa, con alcaldes, gobernadores y actores. Se convirtió en un conferenciante de éxito entre el público más heterogéneo y sobre los temas más peregrinos: desde Irlanda a la conjuntivitis pasando por la salud dental. Tenía 66 años cuando publicó Las cenizas de Ángela, la historia que Alan Parker llevó al cine en 1999. Entre Las cenizas de Ángela y El profesor, McCourt publicó Lo es, la crónica de su llegada a América. Las tres  son novelas autobiográficas contadas magistralmente.
En el inicio de su ejercicio profesional, McCourt creía que enseñar era transmitir a los alumnos lo que sabía, examinarlos y evaluarlos. Desde el primer día se dio cuenta de que la enseñanza, la educación y la escuela sólo podían interpretarse desde la complejidad. En ningún manual de Pedagogía le explicaron qué hacer cuando un bocadillo lanzado por un estudiante aterrizara junto a sus pies. Después de algunos años de docencia, llegó a una hermosa conclusión: enseñar es conducir a los estudiantes hacia la libertad reduciendo el miedo que genera crecer y aventurarse a descubrir mundo.
Los profesores y quienes quieren serlo encontrarán en El profesor interesantes reflexiones sobre el sentido de este humilde y apasionante trabajo. No nos preparan para afrontar la incertidumbre y el riesgo que supone enfrentarse a centenares de alumnos no siempre dispuestos a aprender. Nos la jugamos en cada gesto, en cada pequeño comentario, en cada minúscula decisión que tomamos, sabiendo que aquello que funciona hoy no servirá mañana y que lo que necesita Sara no vale para Luis. Como acertadamente descubrió Philip Jackson en La vida en las aulas, en educación todo es más parecido al vuelo de la mariposa -incierto, frágil e imprevisible- que a la trayectoria de una bala.
El humor, el distanciamiento del autor de sus propios problemas y los centenares de anécdotas que se recogen en sus páginas hacen de la lectura de El profesor un continuo placer.
Víctor Juan

23 abril 2013

Aragón: solo sé quererte



Soy uno de esos aragoneses que solo sabemos querer a Aragón -sin que nos cueste ningún esfuerzo, sin estridencias ni artificios- porque esta es la tierra en la que trabajamos, soñamos, somos felices y sufrimos cuando nos toca. Aragón es un territorio abierto, con una rica historia, con tradiciones y celebraciones que nos han unido desde la antigüedad. Aragón es, sobre todo, su gente, hombres y mujeres, que nacieron aquí y también personas que han venido de lejos y han decidido quedarse.
Me gustaría que conociéramos mejor nuestro patrimonio, la riqueza que durante siglos se ha depositado en nuestras tres lenguas, los compromisos que hemos asumido a lo largo del tiempo, pero sobre todo me gustaría que los aragoneses creyéramos en nuestro presente y en nuestra capacidad para soñar juntos un futuro mejor. Para que todo esto sea posible, la educación es un factor clave porque solo se ama aquello que se conoce. La educación es la herramienta que nos permitirá hacer de Aragón un país más libre, más culto y más justo. Y en esta tarea todos somos necesarios.

[Publicado en el Diario del AltoAragón, 23 de abril de 2013]

La Librería París de Zaragoza


Todo el mundo debería tener un librero de cabecera al que acudir cotidianamente, o en caso de emergencia, como se tiene médico, panadero o peluquero. Un librero que conozca nuestros gustos y esté atento a nuestras necesidades. Un librero, a ser posible, que los padres dejen en herencia a sus hijos porque en un mundo que cambia aceleradamente conviene tener algunas certezas y una librería es, sin duda, una de las más recomendables.
Hace treinta y un años decidí que mi librería de cabecera sería la Librería París de Zaragoza. Recuerdo bien que era el mes de octubre de 1982, porque fue entonces, tras el mundial de fútbol de Naranjito, cuando empecé a estudiar Magisterio y compré en la sucursal que la París tenía en Corona de Aragón mi primer libro universitario, el primer libro de mi biblioteca pedagógica. En aquel pequeño local sufría exilio, o una suerte de penitencia, César, el segundo hijo de José Muñío Pomed, quien después de aprender el oficio en la Librería General, abrió su propio establecimiento en 1963, en Paseo Fernando el Católico, 14, a apenas unos metros de la librería actual. En aquella época de censuras y prohibiciones los libros eran «un arma cargada de futuro» y algunos clientes frecuentaban más la trastienda que la propia librería.
Conocí a don José en los últimos años setenta. Yo era un adolescente ignorante y él un librero serio y un poco gruñón con los chicos del colegio que íbamos a su librería, como una bandada de gorriones, a comprar, sin mucha pasión, las lecturas obligatorias del bachillerato.
En este tiempo del que escribo no existía internet. Cuando alguien buscaba un libro tenía que recurrir a los gruesos volúmenes del ISBN, una biblia –nunca mejor dicho–, que recogía los datos de los libros que podían comprarse. Lo que no estaba en el ISBN, lo encontraban en la Librería París. Bastaba con tararear la melodía del título, aunque no se supiera la letra.
Me hice amigo de Pablo, de César y de Esther, los hermanos Muñío, y de toda la familia de la París, del «París Team». Como para cerrar un círculo de relaciones personales, en los primeros noventa, en un aula de tres años del Colegio Público «Hermanos Marx», le di clase a la hija mayor de Pablo, Lucía, que ahora es una maestra convencida de serlo en una escuela de Zaragoza.
La Librería París es una librería navegable, una librería donde nunca me preguntan a qué he ido porque muchas veces voy –como diría mi abuelo– simplemente «a estame». Confieso que hay pocas cosas en la vida que me gusten más que hablar con mis amigos. En la Librería París he pasado ratos inolvidables conversando con unos y con otros de libros, de autores, de la ciudad, de nuestros proyectos... Este año la París cumple medio siglo. Podría pensarse que las gentes de la París llevan media vida dedicados a los libros. Y no sería del todo cierto. En realidad, en la Librería París llevan cincuenta años dedicados a las personas que quieren y necesitan libros. Felicidades.

[Publicado en Heraldo de Aragón, 23 de abril de 2013]

07 abril 2013

Aquel día de Santiago



Ciudad, 25 de julio de 1936

Querido Luis:
Me has dicho tantas veces que la vida es lo que sucede mientras tanto, mientras hacemos planes, mientras intentamos poner en orden nuestra existencia, mientras nos empeñamos en controlar la propia vida que se desborda sin remedio, sin que podamos evitarlo... Fíjate, lo había dispuesto todo para pasar, como cada verano, una larga temporada en Madrid. Había preparado el equipaje, ya había comprado los billetes de tren cuando la víspera de abandonar la ciudad para empezar las vacaciones… todo se hizo añicos.
Este día de Santiago ha sido particularmente caluroso. No recuerdo haber sentido nunca tanto calor, un calor que me impide pensar, que me hace huir de mí mismo, desear alejarme de mi cuerpo que me incomoda, me agobia y me pone nervioso. Hace un momento, a última hora de la tarde, cuando el sol vencido anunciaba su retirada, he abierto las ventanas del despacho para que entrase el aire de la calle. Ya no hay nada limpio en la ciudad. Por eso no esperaba que el aire limpio de la calle inundara la habitación.
He intentado leer. Me cuesta concentrarme y, de cuando en cuando, me angustio y cierro violentamente el libro al comprobar que he perdido el hilo de la lectura, que no disfruto de una de las actividades que más me apasiona.
El sabor amargo de la saliva y el miedo que ha anidado en mi estómago me impiden comer. No puedo descuidar mi salud, pero nada me apetece. Le agradezco de corazón a Amparo todas las atenciones que tiene conmigo… la fruta fresca, el plato de verdura, el pan tierno, las galletas, la carne en adobo… Cuánto cariño ha puesto en la preparación de esta cesta que me envía… No le digas que soy incapaz de comer. No quiero añadir preocupaciones a sus preocupaciones.
Una semana, apenas unas horas, y parece que hayan pasado varios meses. Compruebo una y otra vez en qué hora vivo. El tiempo se me hace largo. El tiempo de la pena, de la separación, de la incertidumbre, el tiempo cautivo, el tiempo que parece haberse detenido. Sólo deseo que pasen las horas, que sea otra vez de noche, que amanezca cuanto antes, que sea mañana... Que las horas nuevas nos traigan alguna esperanza.
Quisimos un país mejor. Hicimos un país mejor mientras pudimos. A pesar de que el horror se haya extendido tan deprisa, sé que la luz se impondrá a las tinieblas, que tanta sangre derramada y tanto sacrificio no serán inútiles. No pueden robarnos el pensamiento ni la palabra, ni nuestros deseos. Quisimos ser libres, pero no sólo quisimos la libertad para nosotros. Quisimos que fueran libres quienes nunca lo habían sido, quienes no tuvieron ni los sueños de la libertad. Quisimos que fueran libres quienes no soñaron nunca.
¿Cómo están los chicos? ¿Cómo está José Manuel? A veces creo que sólo su compañía apartaría de mi mente las sombras que allí se han instalado, que su risa me aliviaría el peso del corazón. José Manuel… seguro que te hará miles de preguntas. Será imposible que consigas explicarle la situación que estamos viviendo. Ocúpate de Amparo. Todos te necesitan más que nunca. Miénteles. Muéstrate animoso, diles que todo terminará enseguida…
Sé que entenderás que rechace de nuevo tu invitación. No puedo instalarme en vuestra casa. Mi sitio está aquí. Huir equivaldría a darles la razón. Mi sitio es éste. Lo que está pasando es un problema de todos nosotros, incluso de aquellos que pueden dormir tranquilos sabiendo que no van a ser molestados, que nadie llamará a su puerta de madrugada. Hay que terminar con esta infamia. No basta con la salvación individual de cada uno de nosotros y de las personas que queremos. Yo tengo que estar aquí, en mi casa, aferrado a la vida que quise vivir.
Conocerte es uno de los grandes regalos que me ha hecho la vida. Haber compartido contigo palabras, empeños y sueños… eso no podrán arrebatármelo de ninguna manera.
No me gusta hablar de ella, de mi vida sin ella. Cómo he agradecido durante estos años tu discreción, tu manera de acompañarme en silencio, sin hacer preguntas, sin querer saber más, sin darme consejos, sin intentar consolarme, sin invadir mi intimidad. No me gusta hablar de ella, pero hoy quiero decirte que echo de menos a Clara. Al principio me sentí estafado. Su muerte fue un robo. La repentina enfermedad que la consumió en unas pocas semanas me convirtió en un extraño. De golpe nada tenía sentido. No sabía qué hacer, ni qué pensar, ni adónde ir. Durante los primeros meses entendí bien hasta qué punto es frágil e incierta la línea que separa la razón de la locura. Luego me sumergí en el tiempo de la ausencia, de la ausencia definitiva y eterna. Ya no la veré más, ya no escucharé más su voz, ya no me consolarán sus manos, ya no podré abrazarla otra vez… ni siquiera una vez más.
Madrid me ahogaba. Era una ciudad que me hablaba permanentemente y en todos los rincones de la mujer que había perdido. Apenas podía transitar las calles y los lugares que había compartido con Clara. Para seguir viviendo necesitaba distanciarme de aquella casa que sin ella se había convertido en un desierto, necesitaba alejarme de los espacios que hicimos nuestros y que ya sólo me hablaban de su ausencia... No vine aquí, a tu ciudad, con la intención de empezar una nueva vida. Quería continuar la mía, pero para eso necesitaba la serenidad que me permitiera aceptar la ausencia de la mujer que amaba.
Cuando me ocurre algo extraordinario pienso en ella, en cómo hubiera disfrutado, en cómo se hubiera alegrado, en su manera de sacarle partido a la vida. Me hubiera gustado tanto que os conocierais…
El miedo me acompaña estos días como si fuera mi sombra, pero no he perdido la esperanza. Creo en un mañana mejor. Creo que esto terminará en cualquier momento. Creo, como he creído siempre, que no hay nada por encima de la razón.
En cuanto pueda, quizá mañana o pasado mañana, os haré una visita. No se lo digas a José Manuel, que quiero darle una sorpresa. Cuídate mucho. No trates de disuadirme. Saldré de casa. No quiero vivir permanentemente encerrado como si tuviera algo que ocultar, como si asumiera una culpa, como si ya hubiera muerto un poco.
No olvides nunca a tu amigo que te abraza,
Paco