01 julio 2018

La cremallera del pantalón


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Hay muchas pruebas de amor. Tantas, que no es raro que a unos nos parezca un gesto sublime que la persona que nos quiera cruce el desierto sin víveres, o se alimente durante cuarenta días de saltamontes o que vele durante cien noches bajo nuestra ventana, aguantando sin inmutarse el frío y la lluvia, o que pase el aspirador todas las semanas por nuestra habitación y lave nuestra ropa y nos la devuelva planchada. Claro que a otros todo esto les parecerán solemnes tonterías. A esos quizá lo que de verdad les conmueve es que les regalen un diamante de muchos quilates, un abrigo de visón o un coche deportivo. Para mí, la prueba definitiva de que alguien te quiere es que te avisa cuando llevas la cremallera del pantalón bajada. Cuesta creer que algo que parece tan fácil como decir discretamente: «Tienes abierta la cremallera del pantalón», se convierta en la prueba del algodón de la confianza y la complicidad. Voy a tratar de explicarme. La vida me ha enseñado que es imprescindible tener cerca a alguien que te quiera y que tenga la confianza suficiente para decirte algo que no es agradable. A quienes no les importas les da lo mismo que hagas el ridículo. Si yo pudiera elegir, me gustaría tener muy cerca a alguien que me diga la verdad, que me diga que me estoy equivocando, que cuando todos me aplaudieran fuera capaz de reunir el valor necesario para decirme que ese no es el mejor camino, que todo no vale, que me estoy apartando de lo que siempre había querido ser. Necesitamos a alguien que nos diga quiénes somos. Que no permita que olvidemos nuestros orígenes, que nos ayude a mantenernos fieles a nuestros principios. No, no eres el más grande, no eres el mejor, eso no ha estado del todo bien… En el éxito nos rodearán gentes que nos aplaudirán, que nos dirán lo guapos y lo listos que somos. Pero cuando nos pierde la vanidad o nos desborda nuestra propia estupidez, necesitamos alguien cerca que nos quiera y que nos diga la verdad: «súbete la cremallera del pantalón».


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