19 julio 2015

La vida se pasa sin sentir

Durante cincuenta años no había ido al médico nunca, no me habían hecho un análisis de sangre, no había estado ingresado en un hospital… Todo eso es mi pasado remoto. Ahora tengo equipo médico habitual y he aprendido que soy más valiente de lo que creía, que el dolor nos hace más humanos y nos ayuda a entender mejor el mundo. Estoy en ese momento en el que me asusta más el sufrimiento de las personas que quiero que mi propio dolor. Ahora sé que hay que afrontar la enfermedad con humildad y confianza.

Mi cirujano y mi anestesista son hermanos: Fernando y Javier Martínez Ubieto. Los dos son zaragocistas, es decir, personas de bien. Javier, el anestesista, me atendió desde que entré en el quirófano.
–Los zaragocistas –sentenció– tenemos que pincharnos entre nosotros.
Unos días antes habíamos coincidido en la consulta de Fernando y yo le había regalado un ejemplar de nuestro Álbum de fotografías del Real Zaragoza de ediciones La Ventolera. Aquella tarde en el quirófano, se sentó al borde de la cama y me dijo que le gustaba mucho el texto de presentación del álbum que firmamos Melero y yo. Mientras disponían todo en la mesa de operaciones, Javier y yo hablamos de Melero, de su biblioteca y de su Leer para contarlo, que acaba de reeditarse. Luego me preguntó cómo era Luis Alegre en la vida real. Le conté lo más aparente: que es amigo de todos, que tiene mucho éxito con las mujeres y que organiza unos estupendos encuentros con gentes de cine en Zaragoza… No tuvimos tiempo para más.
–Ahora –me dijo– te vas a dormir enseguida. Lo mejor es que lo hagas pensando en nuestras cosas. Piensa en Violeta, en Arrúa, en Juan Señor y en el gol de Nayim. Todo irá muy bien…».

Ya estoy en casa. He dormido mal en la clínica y he comido peor, pero no vamos a los hospitales a dormir o a comer. Melero me dice que un auténtico aragonés no tiene tiroides. Me río tanto que temo por la costura de mi cuello.

Miguel Mena y Fernando Sanmartín me escriben cada día. Mis amigos son la red sobre la que hago los saltos mortales. Me recuerda Fernando que hay un tiempo para la acción y un tiempo para la contemplación. Pronto volveré a predicar por los desiertos. Ahora he convertido este valle de lágrimas en un balneario. Tengo la certeza de que para vivir os necesito a vosotros. Del tiroides ya ni me acuerdo.

4 comentarios:

Elena Gómez Martínez dijo...

Querido Victor, al contrario que tú, llevo cuarenta años enferma, y lo que me queda... los de mi equipo médico ya son mis colegas hasta el punto de preguntarme a mí sobre mis tratamientos en vez de yo a ellos. Dicen que sin salud todo es imposible, pero no es cierto. Lo que nos mantiene anclados a este mundo, y de vez en cuando nos hace felices, es el amor. Por eso, cuando enfermamos, nos preocupa más el sufrimiento de nuestras personas queridas que el propio. Ahí has estado muy acertado... Me consuela saber que todo pasará y volverás a estar bien, algunos no deberíais ser tocados por la mano del diablo.

Víctor Juan dijo...

Querida Elena,
Gracias, gracias, gracias.

j cano dijo...

Gracias por compartirlo, Víctor.
Por tu sentimiento y tu palabra, por tu pasión...
Jacobo

Anónimo dijo...

Fenomenal, una vez más. Apostolando zaragocismo en las duras y en las maduras. Saludos

J.Vicente Casanova