11 agosto 2007

Iguácel




Hace veinte años, por estas mismas fechas, yo esperaba que me llamaran para empezar a trabajar de maestro en cualquier escuela de Aragón. Hoy hace justo veinte años, Yolanda y Pepe sostuvieron en sus brazos a Iguácel, su primera hija, que vino al mundo con un libro debajo del brazo -el Compendio de la Historia de Aragón de Félix Bielsa- y con la promesa de llenarles cada día la vida de felicidad.
Yo soy bipadre y aunque tengo un curriculum mucho más corto como padre que como hijo, sé que hay pocas cosas más emocionantes que tener una hija de veinte años y verla crecer, tomar decisiones y asumir compromisos. Nada nos satisface más que contemplar cómo se convierte en una mujer con su mundo propio. Sentir que es mejor de lo que éramos a su edad, vivir pendiente de ella y que, a veces, sin venir a cuento, nos coja de la mano, o nos abrace, o nos regale un secreto o quiera saber nuestra opinión, o elija pasar la tarde con nosotros y nos lleve al cine, o nos pida que salgamos con ella a dar una vuelta por las mismas calles por las que paseábamos cuando veinte años atrás esperábamos que ella naciera.
Muchas felicidades, Iguácel.


1 comentario:

Fernando Sarría dijo...

hermosa reflexión en que la vida y las raíces se perpetuan...un abrazo