
“¿Qué sentido tiene la vida si no trabajas por mejorar el mundo en el que vives?...” Tenía noventa y tres años, había sufrido dos guerras, dos exilios, el desgarro infinito de las ausencias y, a pesar todo, se le encendían los ojos –los mismos ojos que miraban a Paco Ponzán- cuando nos decía que había que trabajar desde la escuela, que había que empeñarse en hacer una sociedad más justa. Palmira Plá Pechovierto (Cretas, 1914-Castellón, 2007) paseó su entusiasmo de joven maestra en el Teruel republicano del tiempo de la gran ilusión. Allí le sorprendió la sublevación del general Franco una tarde tranquila cuando había salido de casa con el dinero justo para tomar una limonada y montar en los coches chocantes. Tenía 22 años. Durante la guerra estuvo en Caspe dirigiendo las colonias escolares que el gobierno de la República organizó para alejar a los niños de los desastres de la guerra. Pasó la frontera junto a otros miles de españoles, sufrió el drama de los campos de refugiados y al final de la segunda guerra mundial se marchó a Venezuela con la firme voluntad de empezar de nuevo, de no “mirar atrás”. Fundó el Instituto Calicanto con una docena de alumnos que se convertirían en varios miles cuando a principios de los setenta vendió este centro para regresar a España.
Fue diputada por el Partido Socialista Obrero Español en las Cortes Constituyentes, concejala del ayuntamiento de Benicassim, presidenta de la fundación ADOPAL de la Universidad Carlos III, una fundación sostenida con el dinero que donaron Palmira Plá y Adolfo Jimeno, su marido, y que otorga anualmente unas becas que permiten seguir estudios universitarios en España a jóvenes venezolanos, pero por encima de todo fue maestra. Doña Palmira era una mujer cargada de ilusión y de proyectos y se sentía feliz cuando recibía cartas de los niños del Colegio Rural Agrupado que lleva su nombre.
Ahora que ha muerto llueve mansamente sobre Caspe, llueve en la costa de Benicassim, llueve en Cretas, llueve en todas las pistas de coches chocantes de Aragón, llueve en las escaleretas que bajan a la estación de tren de Teruel, llueve sobre las escuelas, llueve en un bosque cerca de Toulouse donde los alemanes asesinaron a Paco Ponzán. Llueve sobre la conciencia irreductible y sobre las ausencias, llueve sobre las palabras. Llueve tristeza y compromiso, llueve dolor y esperanza, llueve dignidad y memoria, llueve solidaridad, llueve firmeza y ternura. Palmira Plá ha muerto y sabemos que su vida ha tenido un sentido pleno porque consiguió hacer del mundo un lugar mejor. Por eso hoy, junto al sentimiento de orfandad, doña Palmira nos deja su ejemplo de compromiso, de amor, de generosidad, de coraje y de valentía.
Víctor Juan
Director del Museo Pedagógico de Aragón