27 noviembre 2016

«TÚ ERES ANTES QUE TODO» LA CORRESPONDENCIA DE RAMÓN ACÍN Y CONCHITA MONRÁS



[JUAN, Víctor (2016), "Tú eres antes que todo". La correspondencia entre Ramón Acín y Conchita Monrás, Turia, 120, pp. 251-257.



Para entender la vida de Ramón Acín hay que tener en cuenta que uno de los pilares de su existencia fue Conchita, su compañera, su cómplice y su musa. Conchita era antes que todo. Antes que la libertad y antes que el arte. Así lo escribió Ramón Acín desde la cárcel, posiblemente en 1924: «Aquí discutimos, damos charlas y asambleas, estamos todo lo relativamente bien que se puede estar sin libertad... y sin ti, mejor dicho, sin ti y sin libertad porque tú eres antes que todo».[1]
Concepción Monrás Casas (Barcelona, 3 de noviembre de 1898 – Huesca, 23 de agosto de 1936) era hija de Joaquín Monrás Casanovas, catedrático de Literatura, que fue destinado al Instituto de Huesca cuando Conchita era una niña. Conchita completó sus estudios en el colegio de Santa Rosa. También aprendió a tocar el piano con el maestro Eusebio Coronas. Tenía intereses poco comunes entre las jóvenes de la época. Estudiaba esperanto, jugaba al tenis, le gustaba actuar en obras de teatro… Era diez años más joven que Ramón Acín, con quien se casó el 6 de enero de 1923.[2] La ceremonia se celebró en casa de Conchita, en la Plaza de Santo domingo, 8, para guardar el luto por la muerte de la madre de Ramón Acín, fallecida unos días antes.
Una valiosa descripción del carácter Conchita nos la ofrece Mariano Añoto Pola, un niño al que Ramón y Conchita acogieron en su casa como si fuera un hijo más, cuando se quedó huérfano.
«Conchita era espigada, delgada, de cuerpo armónico y atractivo, joven de rostro agradable y sonrisa feliz. Imperiosa cuando pedía u ordenaba, a veces sus ojos centelleaban ante situaciones graves. Plenamente enamorada de su marido, compartía en una estrecha unión con una entrega total, todos los problemas de este. (...) Conchita fue la heroína verdadera. Una mujer que defendió a su esposo con todas las consecuencias».[3]
Esta no fue la única ocasión en la que Mariano Añoto recordó a Conchita. Sol Acín en un artículo publicado en El Día de Aragón en 1988 recogió el testimonio de Mariano Añoto sobre Conchita:
«Recordarás algunas tardes, las más de las veces tardes de invierno, tardes frías en las que vuestro padre se había ausentado de casa. Vuestra madre nos decía: “¿vamos a la alameda? Subiremos también a Las Mártires”.
Cuando iniciábamos el paseo, el Sol, que en principio era amarillo invernal, poco a poco se tornaba turbio y frío.
La niebla surgía por el cauce del río Isuela a borbotones, envolviéndonos con su gélido vapor, y pronto nuestros alientos empezaban a condensarse con fuerza.
–A ver quién me coge –decía de pronto–, y emprendía veloz carrera. Muchas de las veces para cogerla teníamos que cercarla. Su velocidad era asombrosa. Era joven, sana y fuerte».[4]
Desde que comenzó su relación, Ramón le escribía a Conchita notas, billetes, cartas, postales, apuntes con dibujos sin otro propósito que el que tienen los enamorados cuando se escriben: decirse cómo se quieren y se extrañan permanentemente porque el tiempo que pasan juntos siempre se les hace corto. Leídas una tras otra, estas cartas son un largo poema de amor. Ramón Acín escribía apretándose el hígado o cuando le saltaba el corazón. Se apretaba el hígado para denunciar las injusticias y el sufrimiento de los más débiles, aunque sabía que se le cerrarían algunas puertas o se le negaría algún saludo[5]. Acín confesaba que era más fácil escribir apretándose el hígado, cuando le desbordaba la hiel, pero le bastaba pensar en Conchita, en su zagalica, en su gitana de la gitanería para que le saltara el corazón. Por eso sus cartas rebosan ternura, amor y delicadeza. Seguro que Conchita le contestaría, pero Ramón no guardó sus cartas con tanto cuidado como el que puso Conchita en guardar las palabras y los dibujos de Ramón. Solo han llegado hasta nosotros unas pocas misivas remitidas por Conchita. Sin embargo, sabemos que se enviaban mensajes diariamente. De la calle Las Cortes a la plaza de Santo Domingo, de la plaza de Santo Domingo a la calle Las Cortes. Y esos mensajes nos muestran la limpieza de un mundo construido con palabras, de un territorio que Ramón y Conchita conquistaron para ser juntos, para ser uno solo.
Las despedidas de las cartas también son una muestra de la complicidad y del cariño que les unía: «Siempre el mismo», «Te quiere de verdad, de verdad tu Ramón», «Mucho, mucho, mucho te quiere Ramón», «Te envía muchas cosicas tu R».«Estoy muy contento de nuestro mucho cariño, tu Ramón».
Conchita le llamaba a Ramón «chiqué», «majico», «Ramoncico mío», «nenico».
Y Ramón le decía «gitanilla», «Chiteta», «zagalica»…

Un paraíso en la calle Las Cortes
Rafael Sánchez Ventura escribió que el hogar que construyeron Conchita y Ramón en la casa de la calle Las Cortes era un «ejemplo emocionante de armonía, de elevación, de belleza, donde todo adquiría dignidad y gracia; aquel hogar de Huesca, que también fue mío, instalado en la señorial casona de anchas estancias repletas de cuadros, esculturas, estampas, viejos muebles y libros, objetos múltiples de exquisito arte popular conseguidos al cabo de los años en incesantes correrías que hicimos juntos por tantos y tantos lugares; aquel hogar animado por la inteligente alegría de Conchita Monrás, la tierna compañera de Ramón, iluminado por el radiante hechizo de las dos niñas, a tono ambas en hermosura y precoz sensibilidad e inteligencia con el ambiente de la casa; aquel hogar a todos abiertos donde el pobre tenía puesto franco en la mesa, enseñanza cordial de música y dibujo en la academia».[6]
Marianito Añoto recordaba a Conchita como la necesaria compañera para Ramón Acín. Se complementaban. No se entendían el uno sin el otro: «Conchita, a la inversa que Ramón, procuraba estar totalmente a ras de tierra. Enjuiciaba, pesaba, medía con claridad todo problema sentimental, político o económico. Gracias a ella el equilibrio material se mantenía en el hogar. En aquellos años se precisaba menos para vivir, pero en casa de Ramón Acín siempre se caminaba con adelanto de décadas y los gastos eran grandes. Conchita sabía frenar a su marido».[7]
Otro testimonio del clima que reinaba en casa de Ramón y Conchita Monrás nos lo ofrecen las declaraciones del capitán Fermín Galán en las que destaca que Conchita era la compañera de Acín. Todo era ideal en la casa de la calle Las Cortes: «Me maravilla cada vez que voy a casa de Acín. Son ideales él, su mujer y sus niñas ¡Su casa entera! ¡Acín ha encontrado la compañera! ¡Ha tenido suerte!».[8]

«Tan identificados que no podía ser más»
En 2002 Katia Acín destacaba en un encuentro con estudiantes la gran sintonía que había entre sus padres: «Mi madre era una mujer totalmente enamorada de mi padre y estaban tan identificados que no podía ser más».[9]
Conchita y Ramón tuvieron una relación absolutamente simétrica en la que tanto ponía el uno como daba el otro. Hay dos dibujos de Acín que expresan el respeto, la admiración y el apoyo incondicional que se dispensaban. En uno Conchita toca el piano en primer plano y detrás está Ramón pintando, sentado frente a un caballete. En el segundo dibujo es Ramón quien pinta en primer plano y Conchita toca, al fondo, el piano.
La identificación entre Ramón y Conchita es una constante en su correspondencia. Por ejemplo, en la carta que Ramón le envió a Conchita el 8 de diciembre de 1921 le decía que pronto serían uno, que se confundirían sus cosas y de ambos sería por igual todo: «como Conchita no es Conchita sino que soy yo y yo Conchita, para los dos por igual han de ser lo bueno y lo mediano y lo malo, si lo hubiere». Y así fue. Conchita y Ramón compartieron lo mucho bueno que hubo en sus vidas, los juegos y la alegría de las niñas, los días luminosos en la playa, las excursiones al Pirineo, la amistad de buenos amigos, los sueños de un mundo mejor. También compartieron el dolor de la cárcel, Ramón dentro de una celda y Conchita sufriendo la ausencia de Ramón en la prisión de los días vacíos. Compartieron el exilio. Ramón en París y ella en Huesca, una ciudad que sin Ramón se convertía para Conchita en un extraño lugar.
Conchita fue en todo momento la compañera de Acín. Fue su cómplice cuando Ramón se dedicaba a sus «sindicalerías»[10] o cuando era detenido y encarcelado por participar en huelgas y protestas. También compartió la voluntad de Ramón cuando, después de tocarles 30 000 duros en el premio gordo de la lotería de Navidad de 1932, Acín financió el rodaje de la película de Luis Buñuel Tierra sin pan en Las Hurdes.[11] Y también era de Conchita la generosidad que Acín tuvo con algunos amigos cuando estuvieron enfermos y necesitaron dinero. Y, llevando al extremo su amor, Conchita quiso compartir el destino de su marido cuando unos hombres convertidos en bestias lo arrancaron de su casa para matarlo.

«tú me acompañas siempre»[12]
Conchita y Ramón compartían las ideas, las aficiones y las pasiones. Ramón le decía a Conchita en una carta de octubre de 1933 que bastaba que uno de los dos amara una cosa, para que, naturalmente, la amara también el otro: «Me gusta que te guste el mar; a mí, si no me gustase, me gustaría por gustarte a ti. Y me gusta que te guste la montaña; ya sé que si a ti no te gustase, te gustaría por gustarme a mí».[13]
Juntos habían descubierto que solo importaba cómo se querían. Aprendieron que teniéndose el uno al otro, todo lo demás era relativo. Y eso lo expresaba Ramón Acín en un resumen que hacía de una carta que le enviaba Conchita en la primavera de 1922:
«Leída tu carta, voy a hacerte el resumen de ella y la mía y todas las cartas habidas y por haber (incluidas las 40 de la baraja). Resumen:
Que Ramón quiere mucho, mucho a su Conchita y que su Conchita quiere mucho, mucho, y un poquitín más a su Ramón, y todo lo demás tiene poca importancia ¿verdad, zagalica?».[14]

El humor y el amor
La primera carta enviada por Ramón a Conchita de la que se tiene conocimiento está fechada el 8 de diciembre de 1918. Se trata de la felicitación del día de la Inmaculada en la que Ramón dibujó una Luna que escuchaba como Conchita interpretaba al piano a Granados. El compositor felicitaba a Conchita desde el cielo. Su «amigo» Ramón Acín también la felicitaba y la felicitaría –le anunciaba– después de muerto desde el infierno porque «los malos artistas siempre van al infierno»[15].
A Ramón le gustaba jugar con todo. Encontramos ejemplos de este carácter cuando le pintó a su perro Tobi un bozal para que los laceros municipales le dejaran en paz[16], cuando liberó al pájaro que vivía en la jaula que más tarde ocupó una pajarita[17], cuando escribía sobre fútbol[18], cuando estando en la cárcel dibujó una palomica que todas las noches sorteaba las rejas de la prisión para besar a Conchita y a las niñas.[19] También cuando decía de sí mismo que había ingresado por voluntad propia en la orden de los predicadores en el desierto porque escribía y denunciaba asuntos que para muchos podían parecer tan nimios como la ubicación de los caballitos y los tiovivos para las ferias de San Andrés en el lugar más frío de Huesca[20]... Por eso no es aventurado suponer que quizá Ramón le pidió matrimonio a Conchita con una declaración en la que también jugaba en un momento solemne. No sabemos cuándo le envió una postal en la que había dibujado un cura junto al que Acín escribió: «Lea el otro lado»:
«Amiga Conchita:
Si me encuentra usted una novia morenica y salada y se presta este cura, me caso».
El 7 de enero de 1922 en La Tierra se publicó el reportaje titulado «¿Qué le han traído a usted los reyes?» en el que se adjudicaban algunos regalos a personas de la ciudad y en esa relación se incluía a Ramón Acín: «A Don Ramón Acín una muñeca, pero que muy gitana, que le hace olvidarse de papá Lenin». Seguro que esta fue la respuesta textual de Acín a la pregunta. Ya sabemos que Conchita hacía que Ramón se olvidara de todo. Hasta de Lenin, porque Conchita era para Ramón «antes que todo».




[1] La correspondencia entre Conchita Monrás y Ramón Acín puede consultarse en la base de datos de Emilio Casanova y Jesús Lou (2004), Ramón Acín. La línea sentida, Zaragoza, Departamento de Educación, Cultura y Deporte de Gobierno de Aragón y Diputación Provincial de Huesca. Esta documentación también está disponible en la página web de la Fundación Ramón y Katia Acín (http://www.fundacionacin.org/). Además, Jesús Lou transcribió las cartas de Conchita y Ramón en un artículo titulado «Geografía íntima de Ramón Acín», incluido en Emilio Casanova y Jesús Lou (2004), Ramón Acín. La línea sentida, op. cit.
[2] Víctor Pardo Lancina (2004), «Concepción Monrás y Casas (Barcelona,1898-Huesca, 1936)» en Emilio Casanova y Jesús Lou, Ramón Acín. La línea sentida, op. cit.
[3]  Víctor Pardo (2004), «Concepción Monrás y Casas (Barcelona,1898-Huesca», 1936) en Emilio Casanova y Jesús Lou, Ramón Acín. La línea sentida, op. cit.
[4] Sol Acín (1988) «Ramón Acín. Notas al margen», El Día de Aragón, 5 de noviembre de 1988.
[5] Ramón Acín, «El valor moral, futbolistas y futbolaires», El Diario de Huesca, 14 de diciembre de 1926.
[6] Rafael Sánchez Ventura, «En memoria de Ramón Acín», Aragón, 2, p. 3, citado por Víctor Pardo, «Una casona en la vieja ciudad amurallada», pp. 335-336 en Casanova, Emilio y Mas, Carlos, Ramón Acín toma la palabra. Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial.
[7] Citado por Víctor Pardo, «Una casona en la vieja ciudad amurallada», p. 337 en Casanova, Emilio y Mas, Carlos, Ramón Acín toma la palabra… op. cit.
[8] Arderíus, J. et al. (1931) Vida de Fermín Galán, Editorial Zeus, Madrid, p. 270. Citado en Víctor Pardo (2015) «Una casona en la vieja ciudad amurallada», p. 337 en Casanova, Emilio y Mas, Carlos, Ramón Acín toma la palabra, op. cit.
[9] Emilio Casanova (2005), Katia Acín. La niña saltapias, Zaragoza, Emilio Casanova Producciones, 9 minutos, disponible en https://vimeo.com/114427490. En este corto se reproduce parte de una conferencia de Katia Acín en el Colegio Mayor Universitario Raimundo de Peñafort.
[10] Esta es la expresión que Acín utilizó en octubre de 1921 en una postal que le envió a Conchita en la que un monaguillo decía. Rogad a Dios por el bienestar social: «este monaguillo que tiene el buen deseo de arreglar la cuestión social para que Conchita esté tranquila no teniendo que ver ya (por innecesario) a su Ramón metido en sindicalerías».
[11] Víctor Pardo (2009), «Retratos de Ramón Acín, el apóstol bueno», Anuario de Pedagogía, 10, p. 88.
[12] Carta de Ramón a Conchita, 10 de diciembre de 1921. Ramón Acín estaba en Zaragoza y escribe: «Llegué perfectamente, zagalica, muy solico. Solico a medias porque tú me acompañas siempre…».
[13] Carta de Ramón a Conchita, octubre de 1933. Acín se encontraba en Madrid. Había acudido al montaje de Tierra sin pan que Buñuel estaba terminando durante esos días.
[14] Carta de Ramón a Conchita, 1922.
[15] Carta de Ramón a Conchita, 8 de diciembre de 1918.
[16] Ramón Acín, «Arca de Noé. Un loro. El Tobi. Mi gato. Libertad con arroz», El Diario de Huesca, 20 de abril de 1924. Este mismo artículo se publicó en Revista Nueva, 10 de mayo de 1924, p. 13.
[17] «Ramón Acín, el artista que es todo corazón», La Tierra, 17 de febrero de 1929, reportaje firmado por El Reportero X. : «Encerrada en una jaula vemos una pajarita de papel. Ante nuestra sonrisa contemplándola dice Acín que libertó al auténtico pájaro de carne y plumas para solemnizar el reciente centenario de San Francisco de Asís. Llamar hermano al pájaro y ser su carcelero no lo encontraba bien».
[18] Ramón Acín, «El foot-ball ni ética ni estética», El Diario de Huesca, 21 de agosto de 1924 y el ya citado «El valor moral, futbolistas y futbolaires», El Diario de Huesca, 14 de diciembre de 1926.
[19] Carta de Ramón a Conchita, 26 de julio de 1933.
[20] Ramón Acín, «Las barcas de Caronte», El Diario de Huesca, 29 de noviembre de 1917. Se quejaba Ramón Acín del emplazamiento de los columpios y caballitos en el lugar más frío de Huesca. «¿Es que no contentos con amargar a los pequeñuelos en los colegios, cortos de higiene y largos de letanías, queremos poner en sus distracciones el amargor de las dolencias y la muerte?».

26 octubre 2016

Una escuela en el hospital

Estén donde estén, los niños tienen derecho a la educación. Por eso, el Gobierno de Aragón destina maestros a puestos de trabajo singulares como hospitales o centros de acogida de menores. En la escuela del Hospital Infantil Miguel Servet tres maestros atienden a los niños que están ingresados en las plantas. Son niños que aprenden, juegan, quieren a sus padres, se enfadan, sueñan… Niños a los que les gusta saltar en los charcos, pisar la hierba con los pies descalzos, comer chocolate, cantar sus canciones favoritas, abrazar a sus amigos y que gane su equipo de fútbol… Son niños como todos los niños de nuestras escuelas. Por extraño que parezca, los niños que acuden al aula del hospital son el soporte de los adultos. Sus sonrisas iluminan el mundo y con sus lágrimas se extiende la oscuridad absoluta. La actividad irrenunciable de un niño, por encima de la enfermedad y del cansancio, es el juego. Un queridísimo amigo se enfrentó a tres rinocerontes. Le hirieron, es cierto, pero les ganó la batalla. En realidad fue su hijo quien cuando tenía cuatro años ganó la batalla a la leucemia. Luego creció convencido de que a él nunca le había pasado nada malo. Hoy juega al fútbol, esquía y prepara su ingreso en la universidad. Pablo Neruda en la «Oda a Federico García Lorca» escribió: «por ti pintan de azul los hospitales…». A los niños que están ingresados en el Hospital Infantil de Zaragoza un grupo de artistas les ha pintado con los mil colores de la esperanza las escaleras y las habitaciones donde juegan, aprenden y viven.

Víctor Juan

Esta es la introducción a la entrevista a Eduardo Guillén, maestro de la escuela del Hospital Infantil de Zaragoza, que he publicado en la centrales de Heraldo Escolar.
Aquí puede leerse entera en formato pdf:


21 julio 2016

Caspe. Mis viajes al paraíso (Heraldo de Aragón, 21 de julio de 2016)

Durante mi infancia viví, como les ocurre a todos los exiliados, pendiente del viaje que me permitiría volver a mi patria perdida...
Texto completo en PDF

17 junio 2016

Los maestros que prometieron el mar

(Notas sobre la presentación de El retratista)
Huesca, 16 de junio de 2016

Víctor Juan

Un tiempo. La edad de oro de la Pedagogía. Tiempo de modernización y de europeización de la escuela española. Entre las ideas que llegaron de Europa gracias al trabajo de los maestros pensionados por la Junta para Ampliación de Estudios puede destacarse el texto libre y la imprenta Freinet.
«La República heredó una tierra poblada de hombres rotos». Este era, según Marcelino Domingo, el primer ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, el diagnóstico de la situación de España en abril de 1931. Basta ver las fotografías de la época de grupos de niños con sus maestros o de las mujeres y los hombres de los pueblos que recibían la visita de las Misiones Pedagógicas, para concluir que no tenían nada.

La historia de un maestro. «Los maestros fueron las luces de la República». Al introducir en las aulas la imprenta Freinet, los maestros pusieron al alcance de los niños un instrumento que les permitió reflexionar sobre sus vidas, entender el mundo y transformarlo con palabras.

Una historia única y mil veces repetida: Antonio Benaiges(Mont-Roig del Camp, 1903-La Pedraja, 1936). Trabajó en Vilanova i la Geltrú, donde conoció las posibilidades de la imprenta. Benaiges fue maestro en Bañuelos de Bureba durante dos cursos: 1934-1935 y 1935-1936.

En el documental entrevistan a algunos de los niños que asistieron a la escuela y dicen: «bailábamos». «Nos hacía reír». «Jugábamos con él como si fuera nuestro hermano». «Trajo a la escuela una gramola y la imprenta». «Todo era muy bonito». «Yo tenía envidia de mi hermana porque yo no pude ir con ese maestro». «Nos hacía discurrir bastante». 

Las vacaciones de 1936. No se sabe a ciencia cierta qué hacía en Briviesca cuando el curso ya había terminado unos días antes. ¿Se había quedado para contratar el autocar que llevaría a los niños a ver el mar? Sus familiares de Mont Roig, desde luego, habían preparado la casa de la playa. En Briviesca lo detuvieron y lo asesinaron.

En México. La pedagogía que en España no toleró el régimen de Franco, la llevaron los maestros exiliados a México. Allí, en el Estado de Veracruz, Patricio Redondo abrió en 1940 la Escuela Experimental Freinet.

Todas las víctimas fueron la primera víctima. En la primera página del primer cuaderno que se imprimió en la escuela experimental Freinet en 1940, Patricio Redondo imprimió una greca y debajo escribió los nombres de Celestin Freinet, José Tapia y Antonio Benaiges. Los escolares mexicanos aún imprimen hoy la misma página, con la misma greca y los mismos nombres. Celestin Freinet es el iniciador, José Tapia el primero que la usó en España. Antonio Benaiges, era para su amigo Patricio Redondo, la primera víctima.

Todos los maestros prometieron el mar. Todos prometieron la utopía. Viendo el documental he recordado la canción de Joaquín Carbonell «Me gustaría darte el mar». La utopía estaba a veces representada en un microscopio que agrandaba las cosas y que les permitiría ver la lengua de las mariposas o en la esperanza que representaban los libros, el teatro, el coro de las Misiones Pedagógicas. Los maestros anunciaron un tiempo nuevo. Acercaron la utopía al corazón de algunas personas que nacían y vivían sin esperanza, que no habían imaginado que podían desear, tener sueños.
Alrededor de estos maestros freinetistas hay una historia de compromiso que terminó casi siempre dramáticamente. Algunos de ellos, como el propio Antoni Benaiges o nuestro Ramón Acín, fueron asesinados. Otros sufrieron el exilio, como Simeón Omella o Herminio Almendros.
No asesinaron a Antonio Benaiges por prometer el mar. A estos maestros no les asesinaron por introducir la imprenta en la escuela, ni por llevar a los niños de paseo por el monte para recoger hojas y flores como don Gregorio en la Lengua de las mariposas, ni por enseñar a leer a mujeres analfabetas. Les asesinaron por ser los encargados de llevar un mensaje emancipador, laico, por pretender formar ciudadanos en lugar de súbditos, por hablar de justicia, por representar todo lo que el régimen de Franco no estaba dispuesto a tolerar.
Somos hijos de una guerra civil y de una larguísima dictadura. Ese negro pasado está, realmente, ante nosotros. Somos lo que fuimos. Y para entender la escuela actual –y la sociedad del momento- hemos de tener presente que hace poco aquí se asesinaba maestras o se les robaba la escuela.

Todos dejaron un vacío imposible de llenar. Dejaron un país huérfano de sueños y de utopías. Y ese país perdido lo recuperamos hoy del olvido al contarnos la historia de esas personas y al repetir sus nombres.

06 junio 2016

Querer ser como seña de identidad (80º aniversario del Estatuto de Caspe)

Sr. Presidente del Gobierno de Aragón, Sr. Alcalde de la ciudad de Caspe, señores y señoras consejeros y consejeras del Gobierno de Aragón. Autoridades, señoras y señores:

La memoria se deposita en nombres, en fechas del calendario y también en lugares como este Teatro-Cine Goya en el que nos encontramos. Personalmente el Cine Goya forma parte de mi pequeña memoria. Ahora mismo se me amontonan los recuerdos de los centenares de películas que vi aquí cuando el cine era un ritual semanal del que todos participábamos. Pero, sobre todo, se me llena el corazón recordando a las personas que conocí aquí: a Joaquín el maquinista –que me permitía ver las películas desde el cuarto de proyección– al otro Joaquín, que regentaba el ambigú, porque en el Teatro Cine Goya de mi infancia había ambigú y no bar o cafetería. Y por encima de todo me hace feliz recordar a mi abuelo Valentín, que fue acomodador en este cine tras jubilarse como ferroviario. Pero lo que más nos importa es que este Teatro Cine Goya es también un lugar de memoria colectiva. Hoy recordamos que aquí se celebró el congreso que reunió entre el 1 y el 3 de mayo de 1936 a un puñado de aragoneses venidos de distintos lugares de Huesca, de Teruel, de Zaragoza y también de fuera de Aragón que quisieron soñar y pensar cómo querían que fuera Aragón. Se reunieron para soñar un país, para imaginar un mundo. No trataban de mejorar su situación personal. Vinieron a hacer política, es decir, a trabajar para el común, para mejorar las condiciones de vida de la gente. Eran hombres esperanzados que actuaron con la convicción de quienes creen que van a mejorar la realidad. Tenían la voluntad de querer ser. No eran personas de una única ideología, pero querían hacer de Aragón un lugar más próspero. En aquel Congreso pro Estatuto de Autonomía participaron también gentes de Caspe. Recordaré a todos ellos en José María Repollés, secretario de la comisión organizadora, que fue el padre de Florencio Repollés Julve, presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza, y abuelo de Florencio Repollés Lasheras, queridísimo alcalde de la ciudad de Caspe.

Aquellos días de 1936 este teatro se llenó de pancartas y carteles con el lema «Viva Aragón autónomo». Según las crónicas de la prensa, el Teatro Goya estaba «materialmente abarrotado. Butacas, galería y palcos ofrecían un aspecto espléndido».
El historiador Manuel Tuñón de Lara afirmaba que la II República fue el tiempo de la gran ilusión, de una ilusión cultural. Creo que no se puede hacer un resumen más certero de lo que fue la II República, un tiempo en el que todo parecía posible. La República deslumbró a aquellos que habían nacido con un no: no a la educación, no a la esperanza. Marcelino Domingo, el primer ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, escribió que la República heredó una tierra poblada de hombres rotos. Sabemos que aquella fractura estaba ocasionada por el analfabetismo y la tremenda desigualdad que caracterizaba a la sociedad española. La República fue también el tiempo de descubrimiento de la ciudadanía, de los derechos de los ciudadanos frente a la sumisión impuesta y aceptada por los súbditos. En ese marco de derechos y de ciudadanía hay que considerar también el derecho de las comunidades a tener un estatuto de autonomía. En Aragón se inició la elaboración del estatuto con el congreso de mayo que ahora estamos recordando, pero no hubo tiempo para completar el proceso. Todo se rompió con la sublevación militar que provocó la guerra civil.
Hoy, que vivimos unos tiempos de un «presentismo feroz», hay quienes niegan permanentemente el valor de la historia como si todo empezara cada día. Sin embargo, es necesario conocer el pasado, no como un ejercicio de erudición o de nostalgia. Es necesario conocer el pasado porque el pasado no está detrás de nosotros. El pasado lo tenemos ante nosotros porque somos lo que fuimos y para entendernos es necesario reivindicar nuestro derecho a la memoria. Hoy encontramos en la sociedad elementos que aún nos hacen pensar que, lamentablemente, somos hijos de una guerra que partió la historia del siglo XX en dos, que terminó con décadas de modernización, progreso y europeización de la sociedad española. Somos hijos de una dictadura injusta que borró las conquistas de personas que, como hoy hacemos nosotros, se reunieron en este Teatro Cine Goya de Caspe porque querían un Aragón más libre y más justo. La dictadura nos legó la desconfianza, el miedo y la resignación. Todo estaba prohibido. Todo se hacía contra algo o contra alguien. La dictadura también nos robó de mil maneras nuestro derecho a desear, nuestro derecho a querernos, nuestro derecho a querer ser. Aún nos cuesta mucho, demasiado, lo que debería ser común y natural: amar Aragón, conocer su historia, defender su cultura. No se trata de un amor excluyente. Entre las bases del Estatuto de 1936, aprobadas en el congreso que hoy recordamos, hay una en la que se afirma que: «La personalidad de Aragón queda definida por el hecho histórico y la actualidad de querer ser». En Aragón basta con querer ser. Basta con querer estar –no importa de dónde vengas o donde hayas nacido–. Aquí basta con la voluntad de querer trabajar para traer un futuro mejor.
A veces, recordar duele, pero tenemos el deber de recordar y tenemos también el derecho a contarnos la historia que no nos contaron. Cada vez que analizamos nuestra historia más contemporánea descubrimos, junto al dolor por del país perdido, por el país que no pudo ser, los nombres y los proyectos que nos robó la dictadura y no podemos evitar preguntarnos por el nivel que hubiéramos alcanzado en educación, cultura, derechos, arte, ciencia y en la ética ciudadana si no hubiéramos sufrido una guerra civil y una larguísima dictadura que echó sal sobre los recuerdos. El olvido fue, quizá, la mejor estrategia para conseguir dejarlo todo «atado y bien atado». Siendo maestro de Paniza, Santiago Hernández Ruiz, publicó en Zaragoza tres libros de lectura para las escuelas: Un año de mi vida, Mis amigos y yo y Curiosidades. Después de la guerra, Santiago Hernández se exilió en México y sus libros fueron prohibidos. Enrique González, propietario de la librería La Educación y editor de estos libros, protestó ante el ministerio y, finalmente, le permitieron seguir publicándolos siempre que el nombre de Santiago Hernández Ruiz desapareciera y siempre que se cambiara el título de los libros. Así Mis amigos y yo, se editó con el título de Mis camaradas y yo. Un año de mi vida pasó a ser Un año escolar y Curiosidades se convirtió en Conocimientos.

Otro ejemplo de cómo se extendió el olvido lo encontramos en la escuela de Lasieso, muy cerca de Sabiñánigo. En 1938 alguien picó la piedra en la que estaba escrito el nombre de la escuela. Si hoy mismo nos acercáramos a ese edificio, podríamos leer: “Escuela Nacional Mixta…, y comprobaríamos que falta un nombre. Afortunadamente podemos contarnos que el nombre que falta es el de Ildefonso Beltrán, el inspector de escuelas de Huesca durante la República, militante de Izquierda Republicana, que fue diputado por el Frente Popular tras las elecciones de febrero de 1936. Esta imagen de la piedra picada de la escuela de Lasieso refleja exactamente lo que la dictadura hizo con las personas, las ideas, los proyectos, las iniciativas, los sueños y las aspiraciones de quienes perdieron la guerra. No nos podemos permitir más piedras picadas, más desmemoria y olvido, no podemos permitir esos agujeros negros por los que ha desaparecido parte de lo que somos.


Para terminar mi intervención, quiero recordar los actos de conmemoración del cuarenta aniversario del congreso pro Estatuto de Caspe. El 4 de julio de 1976 se reunió en Caspe la oposición democrática -desde representantes del partido comunista a representantes del carlismo- para recordar el Congreso Pre-Estatuto de autonomía de 1936. El general Franco había muerto unos meses antes. Algunos partidos aún no habían sido legalizados. Para conseguir la autorización para celebrar aquella reunión tuvieron que mediar el Colegio de Médicos, el Colegio de Arquitectos y más de sesenta entidades aragonesas. Cuando se autorizó la reunión, un tren especial trajo a Caspe a mil personas. Otras tres o cuatro mil vinieron por carretera. Caspe se llenó de banderas con barras rojas y pancartas con unos significativos lemas que unos meses atrás resultaban impensables: «no a las bases», «no al polígono de tiro», «no a las centrales nucleares». «Sí a los riegos», «sí a la universidad aragonesa», «sí al trabajo», «sí al ferrocarril de Canfranc».
Aquellos miles de personas que se reunieron en Caspe sentían el mismo estupor ante la libertad que quienes se reunieron en este Teatro cine Goya en 1936. No terminaban de creer que aquellas cosas se pudieran decir y se pudieran escribir. Estaban asombrados de poder estar juntos. El cántico más repetido aquel día fue: «Aragón, unido, jamás será vencido».
Hemos de recuperar la ilusión por hacer juntos un Aragón mejor. Ese era el espíritu de aquellos aragoneses que se reunieron en Caspe en la primavera de 1936, cuando todo parecía posible. Ese era también el entusiasmo que congregó a 10.000 personas en el patio de recreo de las escuelas de Caspe en julio de 1976, cuando con el fin de la dictadura, sabían que se podía crear un mundo nuevo. Esa es también la voluntad de nuestro Gobierno de Aragón con la conmemoración del octogésimo aniversario del Estatuto de Caspe que hoy, 6 de junio de 2016, nos congrega en nuevamente en Caspe.

Muchas gracias
Víctor Juan





20 abril 2016

Pequeño manifiesto por un gran país

En este tiempo de incertidumbre, por encima del ruido ensordecedor que pretende confundirnos, nosotros tenemos un plan. Con las palabras con las que nuestras madres nos enseñaron a nombrar el mundo, las palabras de encontrarnos, las palabras que guardan el calor de la esperanza, con esas mismas palabras, nos comprometemos a trabajar cada día por ti, Aragón, en los talleres, en las aulas, en las fábricas, en los campos, en los despachos, en los hospitales, en las oficinas, en los laboratorios, en las ciudades y en los pueblos, en las montañas, en los valles, en la tierra baja, en los somontanos y en las estepas.
Tenemos una historia compartida de dignidad y de lucha por las libertades. Tenemos el inmenso patrimonio que nos han legado los aragoneses que nos han precedido y, sobre todo, tenemos el futuro para hacer realidad, con determinación, nuestros sueños.
Aragón es un país milenario construido por las personas que nacieron aquí y las que vinieron de lejos y decidieron quedarse. Se ha mezclado tantas veces nuestra sangre con la tierra que hemos hecho de ti, Aragón, nuestra patria, la tierra que nos ampara, nuestra casa, una casa con las puertas abiertas para todas las personas que quieran sumar sus afanes a los nuestros.
Queremos un Aragón solidario en el que entre todos sostengamos una sociedad más justa. Un Aragón que ofrezca oportunidades a la gente joven para formarse, para desarrollar sus iniciativas, para dar cauce a su talento, a su impulso creador. Queremos un Aragón cada día más libre y más culto.
Velaremos por ti, Aragón, en esta larga noche en la que algunos nos han sumido con sus corruptelas, su falta de decencia y su desprecio por lo público, por lo que con tanto esfuerzo convertimos en patrimonio de todos.
Este es nuestro compromiso contigo, Aragón. Trabajaremos por ti, hombro con hombro, de estrellas a estrellas, convencidos de que juntos somos más que la suma de uno por uno.
Por Aragón. Todo por Aragón.

01 abril 2016

El necesario pacto por la educación aragonesa

El pacto por la educación será, en realidad, un refugio en el que los niños y los jóvenes aragoneses podrán cobijarse, un sitio en el que soñar su futuro, un lugar para crecer, un espacio desde el que mirarán demoradamente la realidad para entenderla y mejorarla. Cuando dispongamos de este espacio levantado con la participación de todos, alumnos, padres y profesores, y la sociedad en su conjunto, sabremos en qué dirección hemos de dirigir nuestro esfuerzo. Mientras escribía este texto, pensaba que una poderosa imagen del pacto por la educación son los muros y los edificios construidos con la técnica de la piedra seca. Al principio, al contemplar el montón de losas y de guijarros, todos de formas irregulares y de distintos tamaños, cualquiera creería que levantar un muro, una pared o un lugar para guarecerse es una tarea imposible y, sin embargo, se puede. Ahí están las viejas edificaciones del Maestrazgo turolense en Cantavieja y en La Iglesuela del Cid o las de Montalbán, las de la Jacetania o las del Somontano del Moncayo. Algunas siguen en pie desde la prehistoria después de haber soportado todo tipo de inclemencias. Y las levantaron muchas manos, con humildad, paciencia y determinación. Cuando las miramos nos dicen que, a veces, basta querer, pero la lección que nos brindan, la que más nos interesa tener presente ahora, es que es tan importante contar con los grandes bloques de piedra como con los humildes guijarros, esenciales para la estabilidad y la firmeza de la construcción. El pacto por la educación aragonesa será realidad si somos capaces de sumar y de aunar voluntades. Para lograr este propósito hemos de contar con lo que propone la mayoría, pero también, y especialmente, con las opiniones y las sensibilidades minoritarias. En el pacto por la educación aragonesa, como ocurre con cada uno de los componentes de un muro de piedra seca, todos somos necesarios e imprescindibles. Y nadie es, por sí solo, suficiente.
Queremos un pacto educativo porque entendemos que la educación es un asunto de todos, que exige participación, diálogo y debate. Nos hemos de exigir generosidad y amplitud de miras. Hay que pensar en el bien común, huyendo de las urgencias a corto plazo que tantas veces han frustrado valiosos proyectos. No puede olvidarse que más allá del nivel de conocimientos en matemáticas, inglés, latín o literatura que alcanzan los estudiantes, la educación de un país solo puede valorarse en el tiempo largo porque es entonces cuando se manifiesta el civismo, el grado de cultura y de justicia de una sociedad, la tolerancia y el respeto hacia las ideas de quienes no piensan como nosotros. Y madurar en esa dirección exige tiempo y constancia, como ha de ser constante la lluvia que fecunda la tierra. Necesitamos consolidar planes, proyectos y programas. El sistema educativo no puede cambiar de orientación cada vez que cambia la mayoría política en los parlamentos. Pacto es sinónimo de estabilidad y de una necesaria previsibilidad. En educación, el cambio permanente genera confusión y desconfianza.

Un pacto por la educación ha de basarse en acuerdos previos. Compartimos muchos principios, más de los que a veces nos parece. El Consejo Escolar de Aragón, la institución en la que todos estamos representados y que resume la dimensión moral que la educación tiene, trabaja desde hace meses, sin desmayo, para alcanzar ese gran acuerdo. Aragón es tierra de compromisos. Considerando nuestra historia, el pacto por la educación es factible. En Aragón hacemos realidad cotidianamente aquello que al principio se antoja imposible.
Víctor Juan
(Publicado en Heraldo de Aragón el 31 de marzo de 2016)