22 febrero 2015

Agradieximents. Carmen Castán Saura, en la entrega del premio de la Fundación Aragonesista 29 de Junio

Quero donar las grasias a la Fundación Aragonesista 29 de junio per haber-me consedeu iste galardón y expresar el agradeiximen més sinsero a tots aquells que me hets proposau ta iste premio relasionau dan la Identidat.

La prinsipal seña identitaria que me define ye la mía lluenga benasquesa, la lluenga dan la que be naixer, la que me ha achudau a riure y a pllorar, aquélla dan la que he creixeu, dan la que he apreneu a donar-le nom a casa mía, al mios prats, a l’aire, a l’aigua, al foc, a la vida…, la lluenga dan la que he chugau, amau y tancau els uells als que se’n han anau ta’l Tusal dels Sueños, la lluenga dan la que els mios antepasats ban fer els alasets de la suya existensia.
Ha seu tamé la lluenga de las mías nobelas y dels míos  cuentos, a michas entre la realidat y la machia, sempre trasportán a iste mon lliterari a tots que me han deixau en erensia amor u sabiduría:  la mía llolla, la partera; padrino; la tía María; papai y mamai y la ansestralidad de tots els abuelicos.

Ye, ara, la lluenga autóctona más charrada en tot el Pirineo aragonés y la més biba. La miran de apenre, a unas horas extraescolás més de 150 chicorrons y chicorronas. Y digo axó, perque penso que ye algo que se puede reseñar, a la época a la que estam de sobredosis de bideo-chuegos y globalidat.

Mentre tienga forsas, y la mía corada y la mía cabesa me amparen, faré tot lo que puesca ta que iste patués de las mías entrañas no se esfilorche y se desfaga, y cantaré dan la mainada aquell eslogan de fa ans que diba: NO DEIXARÉ QUE SE AMORTE LA MÍS LLUENGA.

GRASIAS UN ALTRA BEGADA A TOTS



Quiero dar las gracias a la Fundación Aragonesista 29 de junio por haberme concedido este galardón y expresar mi agradecimiento más sincero a todos aquellos que me habéis propuesto para este premio relacionado con la Identidad.

La principal seña identitaria que me define es mi lengua benasquesa, la lengua con la que nací, la lengua de mis risas y mis lágrimas, aquélla con la que he crecido, con la que he aprendido a darle nombre a mi casa, a mis prados, al viento, al agua, al fuego, a la vida…, la lengua con la que he jugado, amado y cerrado los ojos a los que se han ido al Mundo de los Sueños, la lengua con la mis antepasados plantaron los cimientos de su existencia.

Ha sido también la lengua de mis novelas y de mis cuentos, a medias entre la realidad y la magia, siempre transportando a este mundo literario a todos los que me han dado en herencia amor y sabiduría: mi abuela la partera, el abuelo de casa, la tía María, mi padre y mi madre  y la ancestralidad de todos los abuelos.

Es, ahora, la lengua autóctona más hablada en todo el Pirineo aragonés y la más viva. La intentan aprender, en horario extraescolar más de 150 niños y niñas. Y digo esto porque pienso que es importante, en la época que vivimos de sobredosis de videojuegos y globalidad.

Mientras tenga fuerzas, y mi corazón y mi cabeza me amparen, lucharé para que este patués de mis entrañas no se esfilorche y se difumine, y cantaré con mis chicos aquel eslogan de hace años que decía: NO DEIXARÉ QUE SE AMORTE LA MÍA LLUENGA.

GRACIAS DE NUEVO A TODOS
  

08 febrero 2015

Prólogo a un libro de Alberto Gracia Trell: SOMONTANO EN ALTO. ESCRITOS (1946-1959) E INÉDITOS de Pedro Arnal Cavero

SOMONTANO EN ALTO. ESCRITOS (1946-1959) E INÉDITOS
Edición, selección e introducción de Alberto Gracia Trell (Zaragoza, Aldrada, 2014)




Prólogo

Víctor Juan


Han pasado más de treinta años desde que oí hablar por primera vez de Pedro Arnal Cavero. Entonces aún no sabía que dedicaría mi tesis doctoral a los maestros aragoneses del primer tercio del siglo XX ni que mis hijos serían alumnos de la escuela Joaquín Costa de Zaragoza, el gran grupo escolar que Arnal dirigió desde su inauguración en 1929 hasta que se jubiló en 1954. No podía suponer que coincidiendo con el setenta y cinco aniversario de este centro, la comunidad educativa decidiría dar el nombre de Pedro Arnal Cavero al espléndido salón de actos de la escuela. Tampoco sabía que daría clase en la Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación de Huesca, en el mismo edificio de la antigua Escuela Normal de Maestros, y que Arnal Cavero sería uno de los contenidos que trabajaría con los estudiantes que quieren hacerse maestros porque la trayectoria profesional de Arnal nos ayuda a entender las principales claves de la educación española del siglo XX. Y ya para terminar, hace treinta años tampoco sabía que un día Alberto Gracia Trell me pediría que escribiera un breve prólogo para Somontano en alto, la antología de textos de Pedro Arnal Cavero que él ha seleccionado cuidadosamente y estudiado con rigor.
Cuando comencé a indagar sobre el pasado reciente de la educación aragonesa, mis lecturas me acercaban permanentemente a Arnal Cavero, un maestro culto, conocedor de las teorías pedagógicas que se ensayaban en Europa, apasionado por la educación pública. Arnal estudio Magisterio y Bachillerato en Huesca. Obtuvo su primer destino en Artajona (Navarra) y llegó a Zaragoza en 1910, a la escuela de la plaza de Santa Marta. Enseguida se integró en círculos profesionales y sociales de la ciudad. Era un joven brillante, interesado por muchas cosas y de amable conversación.
En 1911 formó parte del primer grupo de maestros pensionados por la Junta para Ampliación de Estudios para visitar escuelas, laboratorios, museos y centros de investigación de Francia y Bélgica. Para Arnal Cavero nada fue lo mismo desde que disfrutó de esa beca: leyó mucho sobre las teorías pedagógicas que estaban transformando las escuelas europeas, mantuvo correspondencia con destacados educadores españoles y extranjeros y, en consecuencia, cambió radicalmente su manera de entender el trabajo de los maestros, el sentido de las escuelas y su concepción del aprendizaje infantil… Puede decirse que Arnal es uno de los representantes de esa época que ya he denominado en alguna ocasión «la edad de oro de la pedagogía aragonesa».
Al regreso de su viaje por Francia y Bélgica recibió la invitación de Antonio Mompeón Motos, director de Heraldo de Aragón, para publicar en el periódico las impresiones de su visita a las escuelas europeas. Desde entonces, y hasta su fallecimiento en la primavera de 1962, Arnal se convirtió en un colaborador fijo de Heraldo de Aragón. También escribió frecuentemente en la prensa profesional del magisterio. Sus artículos se publicaron en La Educación, El Magisterio de Aragón, La Asociación de Teruel o El Educador de Huesca. Un detalle que demuestra el protagonismo de Arnal Cavero en aquel ambiente de modernización es que fuera el maestro aragonés que más escribió en la Revista de Pedagogía, el órgano de introducción de las ideas de la Escuela Nueva. En esta revista, Arnal Cavero publicó, en junio de 1936, su último artículo, «La puesta en marcha de un gran grupo escolar». El primer libro para las escuelas de Arnal Cavero fue la Cartilla Aragón (1921), dedicada al aprendizaje de la lectura. Su última obra de contenido educativo, Apuntes de Geografía. Aragón –un resumen de los asuntos principales que los niños debían conocer sobre Aragón– se presentó unas semanas antes del inicio de la Guerra Civil. Cuando se analiza la educación española del siglo XX enseguida se llega a la conclusión que muchas instituciones, proyectos e iniciativas –quizá las más valiosas y fecundas que nunca tuvimos– desaparecieron en 1936: la Junta para Ampliación de Estudios y la Revista de Pedagogía, que ya hemos mencionado, pero también la Residencia de Estudiantes, el Plan Profesional de formación del Magisterio o el Patronato de Misiones Pedagógicas. A estas pérdidas hay que sumar las más dolorosas: los asesinatos, la depuración y el exilio de profesores de todos los niveles educativos. La sublevación militar de julio supuso un brusco corte en la modernización y europeización de la escuela española. La larguísima dictadura del general Franco sumió a Arnal en un profundo silencio pedagógico y no volvió a publicar ningún libro relacionado con la educación. Condenado a una suerte de exilio interior, Arnal se refugió en el Somontano y dedicó sus libros y sus centenares de artículos y conferencias a las costumbres, las romerías, las celebraciones, los refranes y los dichos o los oficios de ese pedazo de paraíso en la Tierra que para él era el Somontano de Barbastro. Además hay que tener en cuenta que se ocupó de estos temas en un tiempo en el que este patrimonio antropológico no merecía la atención de casi nadie. No era raro que las gentes se avergonzaran de lo que eran, de cómo hablaban, de las cantas que escuchaban en las despedidas, en momentos de alegría y cuando el cansancio imponía un alto en el camino. Renegaban de lo suyo como si todo aquello fuera muestra de ignorancia o de escasa cultura. En ese ambiente de falta de amor por las costumbres y las tradiciones aragonesas, Arnal escribió centenares de páginas sobre Aragón y pronunció centenares de conferencias con las que divulgó el patrimonio del Somontano. Escribió en aragonés y empleó en sus libros, en sus artículos y en sus conferencias antiguas palabras con las que él mismo aprendió a nombrar el mundo en su infancia en Alquézar y supo transmitir con ellas la admiración que sintió por aquellos señores de calzón corto, parcos en palabras, sabios en su universo, prudentes y discretos. Recordó con antigua palabras aragonesas las lifaras, los cuentos escuchados en las cadieras, las canciones o las tradiciones. Con esas palabras aragonesas –antiguas y siempre vivas– describió el paisaje en el que transcurrían las vidas de aquellos somontaneses. Este es el Pedro Arnal Cavero que recupera para todos nosotros Alberto Gracia, treinta años después de que yo escuchara hablar por primera vez de don Pedro.

Este es un libro muy importante por muchas razones. Personalmente, marca un hito en mi vida. Es la primera vez que escribo un prólogo para un antiguo alumno, uno de esos estudiantes que han acudido a mis clases, con quienes comparto palabras, ideas y mil complicidades. Con Alberto, a partir de ahora, compartiré este breve texto en uno de sus libros. Y, como se sabe, los libros y las palabras son para siempre.

19 octubre 2014

Pasión de abuela

Cuanto más pasa el tiempo, con más frecuencia me acuerdo de mi abuela, de sus consejos, de su manera prudente de entender la vida y de las palabras que me regaló para nombrar el mundo. Recuerdo cómo me miraba. Su único plan para mí consistía en que yo fuera, por encima de cualquier otra cosa, una buena persona.
Para todas las abuelas sus nietos son los más guapos, los más listos y los más buenos. Mi abuela y yo no éramos una excepción a esta regla general.
Un día, siendo muy pequeño, jugaba en nuestra casa de Caspe con Abelardo, Abelardito, un chico que vivía, como yo, en Zaragoza y que volvía al pueblo para pasar las vacaciones de verano. En casa habían obrado y en el rellano de la escalera alguien había dejado algunos materiales de la obra. Abelardo y yo discutimos y yo le lancé un trozo de ladrillo, con tan mala fortuna que le acerté en la cabeza. Abelardo empezó a sangrar y se fue a su casa llorando. Yo me quedé realmente angustiado por lo que acababa de hacerle, sin querer del todo, a mi amigo. También yo lloraba cuando le conté a mi abuela lo que había pasado.
Enseguida llamaron a la puerta. Abelardito volvía acompañado de su abuela.
-Mire lo que acaba de hacerle su nieto al mío -dijo aquella sofocada señora.
-Ya me lo ha contado Víctor. Y está muy mal lo que ha hecho, claro. Pero una cosa voy a decirle: si su nieto hubiera estado en su casa, no le hubiera pasado nada, que mi nieto en su casa estaba.


16 mayo 2014

Elías Moro y "Manga por hombro"



Elías Moro
Elías Moro es del Rayo Vallecano. Esta circunstancia ya basta para explicar su vida. Ser del Rayo quiere decir que ha aprendido a sufrir cada domingo, a compartir las penas y, al mismo tiempo, podemos estar seguros de que también es experto en alargar los gozos cuando la felicidad, de tarde en tarde, se codea con la afición del equipo de Vallecas. Ser del Rayo Vallecano indica que Elías no es un oportunista de esos que tanto abundan, que se apuntan a las victorias, que salen en procesión tras los poderosos. Alguien del Rayo Vallecano nunca se conducirá como aquel personaje de la historieta de Miguel Gila que al salir del cine vio que le estaban pegando cuatro tipos como cuatro armarios a un pequeñajo. «¿Qué hago? –le dijo a su mujer–, me meto, no me meto… Al final me metí y le pegamos una buena paliza entre los cinco…». Elías fue un niño que prefería la camiseta del Rayo –de mi rayito, suele escribir– a cualquier camiseta de cualquier equipo de los que acostumbran a ganar ligas y copas. Y esta circunstancia le hace ser dos veces grande. Es grande, ya lo veis, por su tamaño –mide más de seis pies de alto, como los pistoleros de las novelas de Marcial Lafuente Estefanía que Elías y yo devorábamos en nuestra infancia–. Esta altura no le convirtió en cawboy, pero le llevó a jugar a baloncesto. Además de por los seis pies que mide, Elías también es grande por ser, en estos tiempos que corren, un hincha del Rayo Vallecano.
Elias Moro es un tanguista. No dejéis de ver la fotografía que ha colgado en su exitoso blog «El juego de la taba». Os encandilará su manera de lucir bigotito porteño, la caída de su sombrero, la mirada desafiante y entenderéis por qué le abraza como le abraza la mina con la que baila.
En la vida de Elías Moro hay cuatro mujeres: Lali, su esposa, sus dos hijas, Sara y Alba y, Noa, una nieta de unos meses con quien Elías pasea por Mérida.
–No te puedes imaginar –me confesaba la otra tarde– cuánto se liga con una nieta. Hoy por la mañana se me han acercado diez o doce señoras, todas estupendas, a preguntarme por la cría–.
Elías Moro es el amigo que todos querríamos tener. Detallista, atento y generoso. Nos envía sus libros. Está pendiente de las cosas que nos hacen felices. Lo mismo se preocupa por los resultados de nuestro equipo de fútbol que por cómo nos ha ido en las presentaciones de nuestros libros. Elías es el más fiel seguidor de la tertulia «Somos» del programa «A vivir Aragón» de Radio Zaragoza que conduce nuestro queridísimo Miguel Mena, en la que participamos Pepe Melero, Antón Castro y yo. Cada vez que puede bebe cerveza Ámbar o disfruta de un vino de cualquiera de nuestras denominaciones de origen. Y todo lo celebra como una fiesta. Por eso decimos que Elías Moro es un extremaño. Vive en Mérida, pero cultiva y cuida su universo aragonés del que forman parte escritores como Fernando Sanmartín, José Luis Melero, Antón Castro, Cristina Grande, Julio José Ordovás, José Antonio Labordeta –a quienes nombra en este libro– y otros muchos a quienes tiene presentes en otros textos.
Elías Moro es un antiguo. Como yo mismo, como todos sus amigos de la cosecha del cincuenta y nueve, a los que tiene reunidos en un rincón de su blog. Fue niño ayer mismo, pero el mundo ha cambiado tan velozmente que nos cuesta reconocernos porque apenas queda nada de aquella infancia que Elías cuenta en sus libros.
Cuando recrea su infancia nos cuenta un mundo que ya no existe: la barbería, los cines, la caja de reclutas… radiocasetes de Karina o Juanito Valderrama en las gasolineras, el colchonero, el afilador, el hombre del hielo…
Elías Moro es un escritor memorioso. Bebe en las fuentes de la memoria. Se acuerda perpetuamente de las cosas. Y las escribe en sus me acuerdo. Las escribe para que la memoria se deposite en la escritura.
A Elías Moro le gustaría viajar en calesa, en simón o en diligencia para conversar durante el viaje con el vecino de enfrente, para hacerle requiebros a la chica de al lado y, finalmente, para ser atacado por los indios, por los hombres del Cardenal Richelieu o por una partida de clásicos salteadores de caminos. Y uno tiene la seguridad de que viajando con Elías Moro estaría sufriendo todo el camino al pensar que el viaje se iba acortando y que con el viaje se terminarían las historias, los poemas y las palabras porque con Elías uno estaría horas y horas charrando, cogiendo un capazo tras otro. Elías todo lo cuenta. Todo lo mira de otra manera: los charcos, los árboles, la mantis religiosa, una mañana de domingo, la salamanquesa, las nueces y las castañas, las espinacas o el fuego…
Elías Moro resumió su vida en cincuenta palabras para la revista de pensamiento y cultura El Ciervo:
«La teta materna. Mis hermanos. Escarcha y bochorno. Arroz y sandía. Operación pulmonar. Baloncesto. Amor y amistad. Literatura. Viajes. Mérida. Lali, Sara y Alba. Los Marx, Woody Allen, El Padrino. Lisboa. Vidal. Copla, fado y tango. Música y poesía. La muerte. Un beso inolvidable. Y su mirada marrón. Stop».

Manga por hombro
Manga por hombro es una de las frases de mi vida. La otra es, sin duda, «súbete los pantalones que te pareces a Casiano», pero esto lo contaré otro día. Me parece estar escuchando a mi abuela: «Todo lo tienes, maño, manga por hombro». Daba igual que utilizara esta expresión para describir mi habitación, el estado de los aparejos de pescar o el orden que reinaba en mi cartera escolar. Mi vida también la vivo manga por hombro.
Los textos reunidos en Manga por hombro fueron entradas de «El juego de la taba», un blog que tiene centenares de visitas cada día. A mi página y a la de Melero la mayor parte de los visitantes llegan desde el blog de Elías. Estos textos de Elías tienen la frescura que se espera de los textos escritos con la inmediatez de una impresión, de un sentimiento o de una visión fugaz y, si embargo, tienen también una extraña profundidad. Al ser hijos de un blog, podría pensarse que nos esperarían textos ligeros, a medio cocer, pero esto no sucede nunca con la escritura de Elías, quien parece vivir el tiempo lento y nos muestra con palabras la mirada demorada sobre las cosas.
Manga por hombro es el libro de un lector impenitente. Sus páginas están llenas de referencias literarias. Manga por hombro es el libro de un lector que lee en cualquier lugar, en cuanto se le presenta una pequeña oportunidad: en el coche, en casa, incluso en la consulta del ginecólogo extraña los libros. Siempre lleva un libro consigo como los fumadores llevan tabaco y chisquero. Siempre tiene libros cerca porque es un hedonista. Los libros le procuran, fundamentalmente, placer. Los libros le han permitido ser faraón en Egipto, escudero de Aquiles en la guerra de Troya, gladiador en Roma, arquero en las Cruzadas, pícaro en Flandes o samurái en Japón. Por los libros ha bajado al centro de la Tierra, ha subido a la Luna o ha navegado por el Amazonas. Elías lee porque sabe que de la lectura nace la escritura. También escribe a cualquier hora y en cualquier momento, escribe en un cuaderno que le acompaña allí donde va. Escribe sudando la gota gorda, a pico y pala… He disfrutado particularmente con un texto dedicado a las lecturas que hicieron de Elías el ser humano que es hoy y también el escritor que es, un capítulo titulado «Desenfunda, forastero (elogio de la lectura)», que les recomiendo.
Hay en Manga por hombro mucho humor, la mejor arma para combatir la sinrazón a la que hemos de enfrentarnos diariamente. En algunos capítulos es imposible contener la risa –como en Carta a los reyes magos o en José María–. Me suele ocurrir que cuando conozco a los autores, leo sus obras con su propia voz. Eso me pasa con los libros de Elías. Y me siento privilegiado por eso.
Ya para terminar voy a hacerles una confesión. Hay algo que condeno enérgicamente en este maravilloso Manga por hombro. Una mancha en un inmaculado expediente, un detalle que, por otra parte, humaniza al autor. Cuando Elías entró en quintas y fue a la caja de reclutas para que le tallaran, le examinaran la dentadura como se les mira los dientes a los animales en las ferias de ganado, le auscultaran los pulmones y el corazón y, finalmente, para que le tocaran los huevos, decidió cumplir con la patria como voluntario en Aviación porque así se libraba de destinos no deseados. El peor de todos ellos, peor que servir a España en los Regulares de Melilla era la tortura de los Cazadores de Jaca. (Hostias qué frío –dice el insensato escritor–). A un seguidor del Rayo Vallecano no le afecta el frío, a un señor del Pozo del Tío Raimundo no le afecta el frío ni el calor. Y el frío del Pirineo, querido Elías, es el precio del paraíso.
Pero en fin, hasta esta leve mancha en tu expediente te perdonamos porque tú todo lo tienes perdonado por ser tan buen tipo como eres y por escribir como escribes.
Librería Antígona, Zaragoza, 15 de mayo de 2014

02 mayo 2014

Víctor Juan: el último de los amigos de Pepe Melero


Soy el último de los amigos de Pepe Melero, pero si en lugar de ser el raro de Garrapinillos como Silverio Lanza lo fue de Getafe, yo hubiera jugado el fútbol llegando a ser conocido como el León de Garrapinillos porque hubiera sido el máximo goleador de la liga y hubiera rechazado una oferta millonaria del Real Madrid para continuar defendiendo los colores del Real Zaragoza, mi equipo de siempre, entonces Melero me subiría en el escalafón de sus amigos y me pediría las botas con las que marqué el gol de la niebla o la camiseta que llevaba puesta cuando Andrés Magallón, sirviéndose de una jeringuilla para caballos percherones, me inyectó en la banda de La Romareda un preparado milagroso que me permitió volver al campo después de la entrada traicionera y criminal de Luis Aragonés. Si yo fuera el León de Garrapinillos seguro que también me rogaría que le regalara firmados los calzoncillos con los que debuté en primera división, aunque luego no se atrevería a enmarcarlos para exponerlos en su casa junto a la fotografía de Ava Gardner en el coso de La Misericordia, sino que los guardaría en el trastero sin decirle ni media palabra a Yolanda.

También es cierto que si cantara jotas ocuparía un lugar privilegiado entre los amigos de Melero, siempre que fueran antiguas cantas de esas que se entonaban en las despedidas o cuando el corazón rebosaba de alegría, cantas auténticas, sin adherencias. No digo yo que tuviera que cantar como José Oto, el Royo del Rabal, Vicente Olivares o como Ánchel Pablo, la joven promesa de la jota aragonesa. Ni siquiera sería necesario que hubiera ganado cinco mundiales de jota o que me hubiera presentado al premio extraordinario con una jota dedicada a José Antonio Labordeta. Me bastaría con saber interpretar dignamente una fiera o una fematera. Pero nada de eso es probable que ocurra.

Y si un día yo escribiera un texto, aunque fuera un texto muy breve, y se pareciera de lejos y en la distancia, a los textos que nos regalan permanentemente Fernando Sanmartín, Antón Castro o Miguel Mena, Melero me consideraría entre la nómina de escritores aragoneses que despiertan su emoción cuando los lee y yo saldría de la postergación en la que me encuentro entre sus amistades. Yo sé que tampoco es fácil que esto ocurra.

Lo mejor será aceptar que soy el último de los amigos de Pepe Melero. Me parece bien que así sea. A veces le digo a Miguel Mena que iré a su programa de Radio Zaragoza como un hombre sin más. Él me contesta que mientras no vaya como un árbol caído o como un pájaro herido todo le parece bien. A mí ya me va bien siendo el último de los amigos de Pepe Melero porque a veces ser el último es una manera de ser el primero.

19 abril 2014

Sopa con cofia



Desde que recibí estas fotografías no dejo de preguntarme por los efectos secundarios que deja en el corazón, en el cerebro y en la conciencia de un estudiante universitario que cada día le sirvan la sopa en el comedor del colegio mayor unas señoritas tocadas con cofia y con un delantal inmaculado.
Me preocupa mucho que entre estas escenas congeladas para siempre en estas fotografías y nosotros hayan pasado poco más de cuarenta años. Estaría más tranquilo, desde luego, si pudiera decir que hace cuatrocientos años en España estudiaban unos pocos privilegiados a quienes incluso les servían la sopa boba unas camareras ataviadas para la ocasión. Sé que esta es la España que muchos añoran cuando hablan de educación. Echan en falta lo bien que estaban cuando a la universidad solo accedían tres de cada cien niños que empezaban la escuela primaria. Cómo no echar de menos aquellos tiempos de sopa con cofia...
Hoy mi hija come y cena entre esas mismas cuatro paredes y con ella muchas jóvenes procedentes de todos los lugares del Estado. No les sirve nadie. Tienen, lo sé, la mirada limpia. Saben que estudiar, aprender, pensar y reflexionar es un privilegio que han de aprovechar para devolver a la sociedad todo lo que entre todos les hemos dado.
Estos jóvenes de ahora son infinitamente mejores que los de entonces. Y el país de ahora -con todos sus problemas y a pesar de los pesares- es mucho mejor que aquel, aunque a algunos les moleste reconocerlo.

10 abril 2014

Victoria Martínez entrevista a Víctor Juan en «Aragoneses» de ZTV

Victoria Martínez entrevistó el 2 de abril a Víctor Juan en el programa «Aragoneses» de ZTV. Durante media hora, Víctor y Victoria conversaron sobre educación, sobre los ocho años de andadura del Museo Pedagógico de Aragón, sobre Rolde de Estudios Aragoneses y sobre "Rolde. Revista de Cultura Aragonesa". Finalmente, se ocuparon de Vademécum, el último libro de Víctor Juan publicado por la Editorial Olifante.
La entrevista puede verse aquí

23 marzo 2014

Víctor Jara y el capitán Marlow


Blanca estuvo en la presentación de Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow de Fernando Sanmartín. De vuelta a Salamanca les contó a sus amigos del colegio mayor que Fernando Sanmartín había escrito un libro maravilloso sobre la ciudad, que nos devolvía una Zaragoza hermoseada y que lo había hecho tallando cada palabra como se talla un diamante.
Una noche, después de la cena, un estudiante la invitó a dar un paseo. Contemplaron iluminado el Jardín de Calixto y Melibea, pero la sorpresa que le tenía reservada no estaba en aquellos jardines, sino en el escaparate de la librería Víctor Jara donde por la mañana él había visto, expuesto bajo palio, un ejemplar de Notas de Zaragoza del capitán Marlow de Fernando Sanmartín.
Blanca me mando estas fotos a medianoche, yo le escribí a Fernando de buena mañana y ahora lo cuento aquí para que nadie lo sepa.

08 marzo 2014

El general Sanmartín [Presentación de "Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow"]


Una de las promesas que más firmemente hubiera querido cumplir era, precisamente, la de no presentar jamás, bajo ningún concepto, un libro con Pepe Melero. Y aquí me tienen, interviniendo en una presentación en el peor escenario posible: justo después de que Pepe haya estado, como siempre, brillante, tierno, original, divertido y certero. Pero no me importa. A Fernando Sanmartín siempre le diré que sí. Cuando me invitó a participar en la presentación de sus Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow me hizo muy feliz. Yo hubiera aceptado aunque hubiera tenido que presentar el libro en compañía de Mejuto González o del mismísimo Belcebú, aunque ahora vivo este momento con una gran tensión. No me gustaría que, tal y como confiesa en sus Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow, Fernando estuviera deseando no haber venido a la presentación de su propio libro porque mis palabras le aburrieran o me extendiera demasiado en detalles innecesarios o me dirigiera a ustedes con palabras propias de una rechifla.
Seguro que se preguntan, como yo mismo, qué piensan los poetas cuando van en bicicleta. Esta es la duda que me consume cuando veo Fernando Sanmartín pedalear por la Avenida Goya, camino de su casa. En este libro he encontrado la respuesta. Fernando cuando va en bicicleta mira la ciudad y nos devuelve una Zaragoza «quintaesencializada», una ciudad interiorizada, vivida y proyectada, una ciudad amada a pesar de los abandonos, la desidia y «sus dolencias hepáticas», por utilizar sus propias palabras.
Una de las características de los libros de Fernando es el equilibrio en la tristeza y en la alegría y la sobriedad. Quizá sea por el paisaje estepario en el que se levanta Zaragoza, por el desierto que sitia la ciudad y que nos ha hecho suaves como la arcilla y duros del roquedal, tal y como nos cantó José Antonio Labordeta.
En esta crónica de Zaragoza están el Mercado Central, el Ebro con su pozo de San Lázaro, el Pilar y Santa Engracia, El Plata, el Café Levante, los parques, El Belanche, las calles, las plazas y los paseos, los bares, las terrazas y los restaurantes. Junto a Tabernillas y la Ontina Fernando se detiene en Casa Emilio donde, según nos cuenta, las cenas son una mezcla de timba, manicomio y humor.
Somos las ciudades en las que vivimos porque las ciudades nos construyen por dentro y dibujan nuestros límites. Por eso en estas Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow, Fernando Sanmartín nos habla de lo que somos, del amor, la amistad, la infancia, de los años de estudiante en la universidad, del Real Zaragoza… De la evolución darwiniana que ha convertido bares en farmacias, un colegio mayor en residencia de ancianos, y ha hecho desaparecer una bolera en la que había un camarero que a Fernando le resultaba «borde, chepudito y mamón».
Nos buscamos en las ciudades. Buscamos al niño que fuimos, al joven que descubría la vida. Buscamos la pasión de los primeros besos y las ilusiones perdidas. Buscamos la inocencia y el recuerdo de las personas que se nos fueron. La ciudad son también los amigos. Y Fernando Sanmartín nombra a muchos, a muchísimos y lo hace con la generosidad que tienen los hombres buenos.
Hay en Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow mucho humor:
«A José Echegaray, pobre Echegaray, le dieron el premio Nobel en 1903 y hoy deberían darle un premio a todo el que lo leyera».
            Subir a un autobús urbano me relaja, como el yoga, aunque nunca haya hecho yoga.
            Todos escondemos algo: metáforas, frustraciones, deseos sexuales con la vendedora de perfumería, lecturas inútiles, un antepasado vampiro, un recelo…
            Fernando nos cuenta que una noche se bañó desnudo en la piscina del polideportivo Salduba después de aprobar un examen de Derecho Penal y saber a qué atenerse si le pillaba la policía.
Las mujeres de este libro son muchachas longilíneas, de rostro suave, inteligentes, mujeres que merecen la felicidad, mujeres rebeldes sin causa, mujeres que son una tesis sobre el deseo, mujeres que convertían su instinto básico de poeta (el de él) en el instinto de un peón caminero; mujeres que suben a una bicicleta para llegar a una cita, a un restaurante o a una conclusión.
En este libro las cosas siempre son, no parecen. Las imágenes perfectas, son –como sabemos– señas de identidad de la escritura de Fernando:
«Un hijo es un país lleno de gladiadores que lucharán a nuestro lado o contra nosotros»
«La bicicleta es la verdad. Un principio socrático».
«La enfermedad es una puerta giratoria de la que se sale».
«La oscuridad es una novia que se viste de negro».
Antes de escribir sobre Zaragoza, Fernando escribió sobre otras ciudades. En estas notas hay referencias a París, Amman, Bruselas, El Cairo, Leningrado, Milán, Helsinki, Madrid, Barcelona, Tetuán. Quizá hay que patearse medio mundo para hacer una declaración de amor a Zaragoza tan rotunda como la que hace Fernando: «Escucho el mar y pienso que si no pudiera volver a mi ciudad me volvería loco».
El único de mis amigos que bebe Fantas es Fernando, pero no es un pagafantas. Yorgos, Ismael Grasa y Fernando se abrazan en La Romareda cuando el Zaragoza mete un gol. Últimamente se abrazan poco, es cierto, pero hay que tener paciencia. Dentro de unos años harás una edición aumentada de estas notas sobre Zaragoza y nos contarás que tomaste una Fanta de naranja (doble, en esta ocasión) para celebrar que el Zaragoza había ganado la Champions.
Se pregunta Fernando Sanmartín si los héroes de la resistencia contra los franceses que dan nombre a las calles de la ciudad serían hoy empleados de la Opel o dirigentes de Ibercaja. Quizá así sería. Lo importante es que tú, querido Fernando, eres un héroe de los sitios, un defensor de la ciudad. Has hecho con nuestra Zaragoza lo que los poetas hacen con la realidad: nos la has devuelto más hermosa y has conseguido que nos sintamos orgullosos de esta Zaragoza antigua y moderna, nuestra y de todos. Por eso Melero y yo hemos decidido nombrarte general. Esta insignia que te impongo te acredita como defensor de Zaragoza y del Real Zaragoza. A partir de ahora serás el general Sanmartín y compartirás generalato con Melero, nuestro general de bibliotecas, en un tiempo en el que hay que velar por los libros, los cuentos y las palabras que dan sentido a nuestras vidas, y conmigo mismo que soy general de museos.
En sucesivas ediciones, Chusé Raúl Usón tendrá que darle a este maravilloso libro el título que realmente le corresponde porque lo de capitán Marlow estuvo bien para la primera vez. A partir de ahora este libro se titulará «Notas sobre Zaragoza del general Sanmartín».
Víctor Juan
Zaragoza, 7 de marzo de 2014
[Fotografía de Vicente Almazán]

23 noviembre 2013

La Fuente de los incrédulos


«Al llegar a la Fuente de los Incrédulos contemplaron el reflejo de la luna en el agua. Aunque ya la conocía, María dejó que Miguel le contara la historia de aquella fuente. Procuró mostrarse sorprendida e interesada cuando Miguel relataba cómo Ramón Pignatelli quiso dedicar esa fuente a quienes no creyeron en su sueño de construir un canal que regaría gran parte de la huerta zaragozana, un canal que traería el agua que se bebería en Zaragoza. Cuando en 1784 el agua llegó a la ciudad surcando el cauce del Canal Imperial de Aragón, Pignatelli mandó construir aquella fuente de dos gruesos caños. Para coronar su demostración de erudición, rozando el límite de la pedantería, Miguel leyó la inscripción latina:

INCREDVLORVM CONVICTIONI
ET VIATORVM COMMODO

–O lo que es lo mismo –concluyó el doctorando en letras– «para convicción de los incrédulos y comodidad de los caminantes». Esta fuente está aquí para que se refresquen los caminantes como nosotros. Así que bebamos en homenaje al señor Pignatelli».

[ En Aquellos días de luz y palabras (2013) de Víctor Juan]

22 noviembre 2013

José Luis Violeta Lajusticia, el León de Torrero


Esta imagen se la robó el fotógrafo al tiempo una tarde de domingo de 1973, en un partido que enfrentó en La Romareda al Zaragoza y al Atlético de Madrid. El resultado final fue un empate a uno.
José Luis Violeta me contó que en un ataque del Zaragoza, él se quedó en su campo para defender como solo él defendía un posible contraataque del equipo colchonero. Se le acercó por detrás Luis Aragonés y, sin balón y a traición, le dió un rodillazo en el muslo que le partió el alma. Violeta se acercó a la banda y Andrés Magallón le infiltró una sustancia mágica sirviéndose de una jeringuilla sacada de una película de terror. Andrés Magallón le clavó al león de Torrero la aguja hasta las entrañas. Violeta volvió al campo y en la primera ocasión le hizo una entrada terrorífica al «zapatones Aragonés» -un mal tipo dentro y fuera del campo-. José Luis Melero ha escrito que en condiciones normales aquella entrada le hubiera valido a Violeta un par de meses en galeras, pero el árbitro no se atrevió a sancionar la falta.

31 agosto 2013

Carta de Ramón Acín a Conchita Monrás desde la cárcel




Querida Chita: Te escribo después de verte; estás muy majica…, pero delgadita y no quiero. Ya sabes que el no escribirte carticas no es por falta de gusto en ello, es todo un diálogo contigo en todo momento, ya lo sabes. Tenemos que frenarnos en el querer. Quizá como necesidad.
Aquí discutimos, damos charlas y asambleas, estamos todo lo relativamente bien que se puede estar sin libertad… y sin ti, mejor dicho, sin ti y sin libertad porque tú eres antes que todo.
Llega la comida y suspendo la cartica.
Cosicas, con (ilegible)
Ramón
Huesca, hacia 1924

19 agosto 2013

Cocino por tres razones (al menos)

Hay tres motivos, al menos, por los que yo cocino para mi familia y mis amigos. Los voy a escribir aquí. El orden no implica nada. Simplemente las enumero porque tengo contar las cosas una detrás de otra.

UNO.- Cocino porque me gusta hacerlo. Es entretenido y, además, puedo pensar mientras cocino. Pensar es mi ocupación fundamental en este valle de lágrimas. Pienso permanentemente. Pienso en esto y en aquello. Pienso sin orden ni concierto. Pienso sin pedir permiso. Pienso sin más.

DOS.- Cocino para ser el «ecce homo faber» que me gustaría ser. Cocino para hacer cosas. Cuando se tiene una ocupación como la mía, de resultados tal inciertos -les recuerdo que soy profesor- uno agradece enormemente ver frutos de su trabajo. Yo puedo explicar durante cuatrimestres y cuatrimestres la historia de la educación y nunca sé cuál es el fruto de mis desvelos. Nunca sé si lo que cuento tiene un sentido para los estudiantes. Por eso para mí es extraordinario coger una berenjena, meterla en el horno y sacar una berenjena asada o ser capaz de hacer con huevos, patata, cebolla y aceite una tortilla de patata.

TRES. Cocino para que me quieran. Tengo la edad suficiente para saber que casi todo lo hago para que me quieran las personas que quiero querer.




17 julio 2013

Cuando leas esta carta



Querida Marta,
Cuando leas esta carta ya habremos paseado por la ciudad, te habré mirado despacio como si fuera posible guardar para siempre en mi memoria la vida reflejada en tus ojos o cada detalle de tu pelo, de tu cara y de tus manos. Pero ahora, cuando te escribo, tengo ante mí, sin estrenar, la posibilidad intacta de pasar junto a ti unas horas, de estar contigo sin más pretensión que mirarte despacio. Ahora cuando te escribo estoy en el lugar perfecto, el tiempo en el que todo es posible, en el momento en que todo está delante de nosotros.
Tengo cincuenta años, una edad suficiente para sentir que el tiempo me ha robado la ilusión por las cosas y para confesar que he perdido gran parte de mi capacidad de entusiasmarme por la vida. Pero, a pesar de todo, cincuenta años no son suficientes para claudicar y pensar que no hay nada que hacer, que no merece la pena asumir riesgos, buscar, seguir intentándolo. Volver a encontrarte me ha hecho saber que aún estoy a tiempo, que siempre es todavía. Siento revivir algunos sentimientos que creí que no volvería a experimentar. Reverdece inesperadamente en mi interior la ilusión, el deseo de entenderlo todo, la convicción de tener que aprovechar el tiempo.
Si pudiera darte un nombre para que vivieras el resto de tu vida siendo otra, te llamaría Marta. Y no cambiaría ni tu manera de hablar ni el silencio con el que callas cuando me miras. Me empeñaría en que tus manos fueran tal como son. Querría que tu piel me devolviera la misma ternura que despiertan mis caricias. Si pudiera hacerte como quisiera que fueras pediría que te estremecieras como te estremeces cuando mis palabras a veces te rozan el alma.
Quiero que seas libre y que pudiendo abandonarme cada instante, me elijas. Quiero que entre tú y yo nunca esté todo dicho. No te quiero vencida o entregada. Y, sobre todo, no quiero que me necesites ni que te retengan junto a mí el miedo, la costumbre o las heridas. Quiero que teniendo otros brazos abiertos en los que cobijarte, entre todos me elijas.
Cuando leas esta carta ya te estaré echando de menos, a pesar de la caricia de tus besos, a pesar de haberte tenido en mis brazos.
Cuando leas esta carta quizá yo me encuentre desorientado y dude entre llamarte inmediatamente, ir a buscarte, apostarme en la puerta de tu casa para verte salir por la mañana o no volver a llamarte nunca más.
Pero también es posible que cuando leas esta carta me sienta rotundamente feliz y el mundo sea un lugar perfecto. Cuando leas esta carta yo estaré escribiendo otra vez para decirte que quisiera vivir eternamente para poder estar otra vez contigo mañana, dentro de dos meses o el próximo vera-no. Quiero estar contigo aunque tenga que esperarte otros treinta años.
Te quiero,
Javier
[Marta de Víctor Juan]

10 julio 2013

Lo que Dios nunca le perdonó a Eva


«Eso fue lo que Dios nunca le perdonó a Eva: que le demostrara a Adán que la felicidad existía, que había que pretenderla, que la dicha se podía conquistar con besos y caricias, que somos deseo, que lo único que importa es lo que queremos, que el amor nos hace invulnerables, irreductibles y nos libera de los miedos y de la sumisión a las imposiciones». 
Víctor Juan, en Aquellos días de luz y palabras

02 junio 2013

Aquellos días de luz y palabras


[mi última novela, Aquellos días de luz y palanbras (Editorial Sabara), 
distribuida por literatúrame]

30 mayo 2013

Víctor Juan: el escritor maldito



Antes de empezar a escribir, antes de que las palabras me envenenaran definitivamente el alma, pensaba que si un día escribiera, me gustaría ser un escritor maldito. Sería un tipo incomprendido, solitario, despreciado y olvidado, desde luego, por la academia y la crítica, alejado de las modas. Me convertiría en un escritor atormentado por mil dudas, pero libre de ataduras. Como enseguida habrán adivinado, aquellos deseos míos no se han cumplido, por un buen puñado de circunstancias.
El malditismo de los escritores está relacionado con la muerte, con la búsqueda de una salida airosa de este valle de lágrimas. Parece como si todos pretendieran vivir poco, pero intensamente y yo, señores, no valgo para escritor maldito porque amo la vida y sé que nada me joderá más que morirme. Cuando llegue mi último día –además de que «me encontraréis ligero de equipaje como los hijos de la mar»– solo tendré un consuelo: será mi amigo Pepe Melero quien escribirá mi necrológica. Otros dirán, seguro que si hice esto o lo otro, que si amé tales o cuales cosas, quizá incluso alguien intente mancillar mi buen nombre sosteniendo que con mi último suspiró entoné los primeros acordes del «Hala, Madrid», pero ustedes no han de creer nada de lo que oigan. Solo Melero está autorizado para aponderarme y también para censurar lo que de censurable haya hecho en esta vida.
Tampoco podemos decir que la mía sea una vida bohemia, disoluta, que yo viva al límite, en los bordes de esta senda por la que discurren nuestros días, tal y como se espera de un escritor maldito. No hay nadie que lleve una existencia tan monacal como la mía. Vivo retirado del mundo y sus oropeles, alejado de la hoguera de las banidades en la que muchos se consumen. Madrugo mientras todos duermen, tengo azadones y carretillo, hago la compra todas las semanas en el Mercado Central de Zaragoza, exprimo naranjas para hacer un litro de zumo cada mañana, soy cocinero de mi familia y de mis amigos y, para completar el cuadro, friego los cacharros sucios y meto los platos en el lavavajillas.
Tampoco soy, en el sentido estricto del término, un incomprendido. Me siento querido, acompañado y mimado por mis amigos. Muchas veces me pregunto si estoy a la altura de su cariño, si realmente he hecho algo para merecerlo.
Para ser un escritor maldito debería consumir sustancias, estimularme con algunas drogas para potenciar mi creatividad, mi autoestima o mi capacidad de resistir los golpes que a veces nos da la vida. Pues bien, a mí no se me conocen más adicciones que las que me atan al tomate seco de Caspe y al pan del obrador OLBIS de Huesca.
Además, soy feliz. Feliz de publicar mis libros en Sabara Editorial con las gentes de Literaturame. Esto me ha hecho liberarme del síndrome que hemos padecido en mayor o medida muchos de nosotros cuando hacemos libros. Este síndrome se manifiesta en nuestra manera de entrar en las librerías, poniendo cara de ser otros para que nadie sepa que somos escritores en busca de sus libros. Nos acercamos a la estantería en la que debería estar nuestra novela con el corazón acelerado, mal disimulando nuestra ansiedad. Casi siempre comprobamos que nuestras sospechas eran ciertas: nuestros libros nunca están en las librerías. La edición digital –escribir muñecas hinchables, como las llamó Melero– me procura cientos de alegrías. Y la principal es que sé que cada vez que alguien quiera leer la novela la tendrá al alcance de la mano, desde cualquier parte del mundo, las veinticuatro horas del día, todos los días del año. Y esto me da una tranquilidad difícil de explicar.
Así que lo mejor será aceptar mi condición de escritor sentimental, romántico y zaragocista, un tipo feliz por todo, salvo por una cosa que ahora no quiero recordar.

29 mayo 2013

Para mis hjos, enseñanza pública

Cuando se llega a mi edad no es difícil aceptar que en su vida uno ha hecho algunas cosas bien y otras mal. Quizá haya más errores que aciertos en su haber. Yo tengo la certeza absoluta de que una de las cosas que he hecho bien es elegir para nuestros hijos la enseñanza pública, primero en la escuela que Zaragoza dedicó a Joaquín Costa y después en el IES Goya, heredero del viejo Instituto General y Técnico de la ciudad. Escribo esto ahora que nuestra hija Blanca ha terminado bachillerato. Escribo ahora que he tenido ocasión de conocer el trabajo de decenas de profesores del instituto con quienes siempre tendré -sin que ellos lo sepan, sin que lleguemos a conocernos- una permanente deuda de gratitud por los centenares de horas de preparación de las clases, por su esfuerzo generoso, por su sensibilidad y por su rigor. Gracias.

09 mayo 2013

Palabras


Mi madre me regaló palabras que me han permitido entenderme y encontrarme con los demás, las palabras de enamorarme y de querer a mis hijos, las palabras para cambiar el mundo.
Cuando fui niño en Caspe siempre tuve cerca personas que me quisieron, que me miraron, que me hablaron y que me escucharon: mi abuela Pilar, mis abuelos Valentín y Concha, las mujeres de la calle Vieja con quienes tuve la suerte de disfrutar horas de demorada conversación bajo el cielo estrellado de las noches de verano de mi infancia (Margarita, Pascuala, Julia, Mercedes la Platera, Andresa, María…). También fueron muy importantes para mi formación como palabrero incorregible los días y días que pasé con Carmen y José, los vecinos de mis abuelos, y las tertulias durante las reuniones familiares con mis tíos y mis primos. Nuestra vida giraba alrededor de las palabras… Las palabras son, lo sé ahora que ya voy a cumplir cincuenta años, el más valioso legado de mi infancia.
Y las palabras, aquellas mismas palabras, me han traído hoy aquí.
Me hace muy feliz pensar que mi nombre está unido y enredado por una razón más con Caspe. Cuando alguien haga la historia del concurso literario de relato corto «Ciudad de Caspe» dirá que la edición de 2013, la octava, la ganó un tal Víctor Juan, quien tomó prestado para la ocasión el nombre del escritor Silverio Lanza, el raro de Getafe, y presentó un relato titulado «Muerde la soledad».

03 mayo 2013

Mi vida me salvó la vida

Frank McCourt, El profesor, Madrid, Maeva Ediciones, 2006, 293 pp.
(Publiqué esta reseña en «Artes y Letras», el suplemento que coordina Antón Castro en Heraldo de Aragón. No sé ni qué día ni qué año, pero la publiqué cuando era pequeño)
Como una moderna Sherezade, en manos esta vez de despiadados adolescentes, Frank McCourt (Nueva York, 1939) aprovechó su dominio del arte de contar y de persuadir para despertar con palabras el interés y la curiosidad de sus alumnos. Esa fue su tabla de salvación: tener algo valioso que contar, saber hacerlo y, sobre todo, reunir la valentía necesaria para asumir el riesgo que supone este ejercicio de desnudez.
Quienes hemos tenido el privilegio de que un buen profesor se cruzara en nuestro camino recordamos que era alguien que nos ayudaba a encontrar sentido a la vida, que era capaz de contárnosla para que nos apropiáramos de ella, por encima de las Matemáticas, del Inglés o de la Geografía. Frecuentemente, lo más importante ocurre siempre al margen del programa o en los límites, cuando los profesores hablan desde los umbrales. Quizá sea en esa tierra de nadie donde cada profesor es único y puede proyectar sus lecturas y su biografía. Por librarse de las lecciones de gramática, los estudiantes de secundaria del país de la opulencia le pedían al profesor McCourt que les hablara “de su desgraciada infancia en Irlanda” y él les descubría –y nos descubre ahora a los lectores- al niño de los callejones de Limerick que había nacido en Nueva York, hijo de emigrantes irlandeses, y que se trasladó a Irlanda antes de cumplir los cuatro años. Allí era “el americano” y cuando con diecinueve años regresó a los Estados Unidos fue ya para siempre un emigrante irlandés.
El día en que le llegó la jubilación, uno de sus alumnos le gritó a modo de despedida: “Eh, señor McCourt, debería usted escribir un libro”. “Lo intentaré –le contestó-”. Así lo hizo y sorprendió al mundo con Las cenizas de Ángela, Premio Pulitzer, un libro del que se han vendido más de 20 millones de ejemplares. De este modo, pasó de ser un profesor desconocido a entrevistarse con presidentes de los Estados Unidos, con el Papa, con alcaldes, gobernadores y actores. Se convirtió en un conferenciante de éxito entre el público más heterogéneo y sobre los temas más peregrinos: desde Irlanda a la conjuntivitis pasando por la salud dental. Tenía 66 años cuando publicó Las cenizas de Ángela, la historia que Alan Parker llevó al cine en 1999. Entre Las cenizas de Ángela y El profesor, McCourt publicó Lo es, la crónica de su llegada a América. Las tres  son novelas autobiográficas contadas magistralmente.
En el inicio de su ejercicio profesional, McCourt creía que enseñar era transmitir a los alumnos lo que sabía, examinarlos y evaluarlos. Desde el primer día se dio cuenta de que la enseñanza, la educación y la escuela sólo podían interpretarse desde la complejidad. En ningún manual de Pedagogía le explicaron qué hacer cuando un bocadillo lanzado por un estudiante aterrizara junto a sus pies. Después de algunos años de docencia, llegó a una hermosa conclusión: enseñar es conducir a los estudiantes hacia la libertad reduciendo el miedo que genera crecer y aventurarse a descubrir mundo.
Los profesores y quienes quieren serlo encontrarán en El profesor interesantes reflexiones sobre el sentido de este humilde y apasionante trabajo. No nos preparan para afrontar la incertidumbre y el riesgo que supone enfrentarse a centenares de alumnos no siempre dispuestos a aprender. Nos la jugamos en cada gesto, en cada pequeño comentario, en cada minúscula decisión que tomamos, sabiendo que aquello que funciona hoy no servirá mañana y que lo que necesita Sara no vale para Luis. Como acertadamente descubrió Philip Jackson en La vida en las aulas, en educación todo es más parecido al vuelo de la mariposa -incierto, frágil e imprevisible- que a la trayectoria de una bala.
El humor, el distanciamiento del autor de sus propios problemas y los centenares de anécdotas que se recogen en sus páginas hacen de la lectura de El profesor un continuo placer.
Víctor Juan